En el lenguaje ordinario, con frecuencia, suele calificarse como «inmadura» cualquier conducta inapropiada a la edad cronológica o papel de la persona. Aún cuando sea obvia la madurez de alguien, siempre es el recurso fácil para explicar el porqué de una incorrección o cierto desajuste.
Sin duda, aunque impreciso, hace referencia a la percepción de que una persona es sustancialmente alguien que crece; lo contrario sería atípico, impropio, inmoral o patológico. Ahora bien, por «madurez» ha de entenderse, en tal caso, no como algo que ocurre por el mero paso del tiempo, sino una peculiar cualidad de la persona fruto de la incorporación de aspectos que el simple paso del tiempo no aporta: sin educación la persona no madura[1].
En efecto, los educadores, abordamos específicamente el crecimiento de la persona, buscamos qué sea mejor, más acorde a sus rasgos específicos. La diferencia de cada quien es importante, y sin embargo pueden estudiarse aspectos que constituyen algo así como una esencia común: todos somos de la especie homo sapiens; todos somos personas humanas (ya sean varones ya mujeres).
Conviene señalar que, si bien es cierto que puede calificarse como inmadurez esa inadaptación, no podemos decir que todos son inmaduros porque todos realizan, en algún momento, acciones no acordes a su papel real en mundo. Parece más preciso señalar que la madurez es una disposición permanente, pero no infalible. Es una facilidad para el acierto en el saber, en el actuar, en el reaccionar. Ninguna de estas facetas es «un valor», sino una realidad en la persona: un hábito; no se trata de un deseo, utopía u horizonte; no es una simple tendencia[2].
[1] En este sentido es ya clásica la excelente exposición sobre la pseudo-dicotomía entre lo natural y lo cultural expuesta por R. Spaeman, Lo natural y lo racional, Op.cit.
[2] Cfr. McIntyre, A., Tras la virtud, Crítica, Barcelona, 2001; Altarejos, F.; Naval, C., Filosofía de la educación, Eunsa, Pamplona, 2004.









