Algo sobre la mentira… ¿y sobre la verdad?

Leía ayer una propuesta de conversación sobre la mentira. Es interesante el planteamiento: se ha mirado más la verdad que la mentira, sino ésta siempre mal vista. Sin embargo parece que, si bien tiene mala prensa y ha de ser expulsada, hay ámbitos en los que parece formar parte necesaria del paisaje. En líneas generales: la mentira aporta poco al conocimiento frente a la verdad; moralmente forma parte de la obviedades: mejor no mentir; en el ámbito social supone la expulsión: nadie hace negocios con un mentiroso.

La ruptura de esa linealidad discursiva procede de dos elementos a primera vista distorsionantes: la “buena educación”; el derecho “relativo a conocer la verdad”, puesto que no tenermos derecho a conocer “toda la verdad”, en numerosas ocasiones.

Hasta aquí interesante. Puede permitir llegar lejos este arranque.

Ahora bien, creo que sería intersante pulir, en este arranque, la cuestión de la mentira y aprovechar cierta virtualidad interna. En efecto, la primera de las afirmaciones sería puesta entre comillas rápidamente. Y la segunda, ligada a la primera, con paréntesis. La tercera es simplemente una obviedad con la que hay que convivir… así es el mundo. Por tanto, parece que vivimos en el error o en la mentira, pero que nada podemos ni debemos decir en torno a la verdad. ¿No es políticamente incorrecto aludir, realmente, a la verdad sobre algo? Si algo sale del ámbito del consenso ¿es admisible en esta sociedad democrática? Si alguien se atreve a decir que algo “no es” un derecho y que algo “es” un derecho -es decir, que corresponde a aquello que le es debido por su propia naturaleza…- Si alguien afirma algo más allá de la física -si bien hasta en cosas tan pseudo-científicas como el cambio climático la ciencia se pone a sí misma en entre dicho- si alguien afirma que una determinada cuestión es verdadera al margen de toda otra consideración…. es obvio que se trata de un fundamentalista. Y no por el contenido de la afirmación, como por la cualidad VERDADERA que se le quiere atribuir.

En definitiva: que la verdad sea un punto de referncia es dudoso -en muchos- al menos como presupuesto teórico-pragmático; y que moral y socialmente sea pésimo es simplemente querer reconocer el barro que nos inunda.

La pregunta suele ser, dicha de modo simple, abrupto, crudo y por eso real: ¿existe la verdad? -en estos casos la pongo siempre con minúscula, lo demás sería precipitado-. La evidencia-experiencia no corresponde, llegados a este punto, a la verdad misma, sino a la mentira. Reparemos por un instante en qué significa “mentir”: decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar. No habla esta definición del error, sino del manejo de la diferencia entre verdadero y falso, y de utilización en provecho propio y perjuicio ajeno. ¿Alguien no ha sufrido el mazazo que la mentira le ha pegado? ¿no ha notado la diferencia entre lo verdadero y lo falso y su uso interesado y fraudulento?

Es obvio que alguien puede distinguir lo verdadero de lo falso: la mentira lo pone de manifiesto. Esa distinción también revela lo deseable que es la verdad frente a lo falso; lo libres que nos hace: no dependemos de la arbitrariedad ajena: algo que no pertenece a ninguno de estos hombrecillos que me acompañan en el camino.

A la visto de todo esto, parece que la verdad existe: es una cuestión de experiencia. También es fruto de la experiencia que deseamos la verdad y que ésta es fuente de libertad. En fin, toda una lección la de la mentira.

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