Una chispa de inmortalidad

No suele ser fácil -dicen- establecer conversaciones, no sólo “discursos”, en el aula; si bien es cierto que la conversación ocurre en muchos casos con los ojos. Hoy ha ocurrido.

Lo humano es simpre sorprendente. Hay un punto en el que la filosofía, allá en el siglo VII a.C. se asombró:

hay algo que no es efímero, algo que no es sólo pasar, que supera la desgarradora fluidez de la materia. Lo conocido permanece ante el cognoscente. Es la detención de la presencia. La realidad extramental “puede” ser tenida en el intelecto y si lo es, el intelecto “está teniendo”, sin fluir, lo conocido. Algo supera el tiempo, algo es intemporal, algo es inmortal.

Lo sorprendente permite seguir pensando al hombre: hay algo en el hombre que no es corroído, que no “puede” ser corroído. El pensar es la patencia de esa realidad.

Pero mientras se piensa, mientras la palabra lleva al intelecto a sus más altos lugares -esos en los que no hay fluír- el espíritu humano habita, en ese momento, en su patria natural.

Una clase en la que la palabra aúna la inteligencia de unos y otros; en la que los ojos; la preguntas breves, incisivas; los comentarios adelantan el mostrar, el camino que está siendo iluminado… cuando eso ocurre el espíritu humano se sabe, se siente más allá de lo blando y escurridizo.

Una chispa de inmortalidad se experimentó. Era el único modo de saber, de conocer, que los griegos supieron, vieron, la superación del tiempo en el noble nous.

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