Verdad y falsedad, veracidad y cinismo.

Me encanta precisar los términos.

Pensar es “distinguir”, “discernir”, establecer “ratios”, “razonamientos” o “razones”. También es, creo, “pesar y sopesar”; pensar es establecer un “pondus”, peso, o ser capaz de “ponderar”… En fin, creo que todo esto es obvio.

Ayer vi un debate. Es un peculiarísimo enfrentamiento de escrima. Eran educados, no se insultaron -al menos explícitamente-, comenzaban sus intervenciones agradeciendo, concediendo una afirmación al contrincante e, inmediatamente, abordando las cuestiones diferenciales, los puntos negros ajenos o los argumentos que, sin más ni más, traían en el bolsillo. A esta específica dialéctica se une esa otra que no pertecene, propiamente al “dia-lectón” -a la lengua en sentido estricto-, sino a lo corporal, simbólico, propio del sutil mundo de la imagen, del gesto…

La adecuación entre la sentencia y la realidad -por ese orden, no a la inversa- se denomina “verdad”; a su opuesto -sea por deseo de invertir el orden anteriormene citado, sea por crasa incoherencia- “falsedad”. Cuando a la falsedad se une la intención de confundir y por tanto la consciencia de modificación de ese peculiar orden o subordinación de lo dicho a lo real, se le denomina “mentira”.

Ahora bien, cuando la verdad es tan intensamente poseída que se manifiesta en todo el ser -la manifestación verbal y la gestual- se denomina “veracidad”; y a su contrario “cinismo”. Es tremendamente difícil no mostrar corporalmente lo que se está pensando, lo que está ocurriendo en el interior. De hecho, estar mintiendo implica la subida -más o menos intensa según los casos- del estado de alerta fisiológico. De ahí la modificación del tamaño de la pupila, de la casi inconsciente tendencia a bajar la mirada, de ese levísimo temblor de los labios o sensación de tensión. ¿Podemos imaginar el control, la connaturalidad con la falsedad intencional de quien no “siente” nada? Es análogo, entiendo, al que no “siente” nada ante el horror o cualquier manifestación inhumana. La mentira es la inhumanidad por cuando divide, separa, incapacita para la convivencia; ya que ésta, la convivencia, se sustenta en la confianza -jamás dejaría mi dinero en un banco si no me fío de éste; jamás aceptaría un café si no me fío del camarero; jamás daría un abrazo si no me fío de quien me abraza-.

Cuando los políticos mienten, puesto que la dimensión gestual es increíblemente importante, dan más miedo que el simple mentiroso: son cínicos. Saben, mejor, con mayor connaturalidad y voluntariedad, que están mintiendo. Si un cínico se acerca, saldré corriendo: no podré fiarme de la mano que me tiende, porque no le temblará nada, absolutamente nada.

Dicen que Juan Pablo II era un magnífico comunicador. Hablaban de su formación teatral… pero todos los santos tienen en común esa especialísima capacidad comunicadora. Tengo para mí que se trata de la verdad misma tenida con toda su radicalidad. Cierto que algunos tienen -tal vez por virtud recibida como todo en el hombre- una dimensión comunicativa que se manifiesta ante las grandes muchedumbres. Todos, sin embargo, tienen esa misma fuerza cuando están junto a uno, cerca, hablándote.

Tal vez, la santidad sea VERACIDAD, y la perversión CINISMO. Por eso, unos y otros son capaces de suscitar seguidores: así lo hicieron Satanás y así lo hicieron los Apóstoles -comparar a Satanás con Jesucristo es absurdo: Dios no tiene contrario, sino enemigo-.

Tal vez por eso el aprendizaje de técnicas comunicativas despierta suspicacias, y su inexistencia en “los buenos-bondadosos” nerviosismo… no es digno de la verdad no manifestarse hasta en los poros. Sin embargo, así como la virtud humana se aprende, se aprende en sentido estricto, también la manifestación de la verdad. La educación, la cortesía, es, puede ser, debe ser, manifestación de respeto y consideración de la dignidad del otro.

En fin, que hay que decir verdad y ser veraz.
1. Que en las cosas pertenecientes a la convicción más profunda esto es más fácil;
2. que en las cuestiones en las que se mezclan medios técnicos es imprescindible conocer los lenguajes propios;
3. que el cinismo siempre da miedo; que sólo la calidad humana, la veracidad humana puede despertar confianza;
4. que la comunicación en los grandes medios siempre despierta reticencias -se hace más difícil distinguir la falsedad intencionada-; 

… que después del debate de ayer -en el que los gráficos mienten por más que lleven colores- entiendo que hay quien no pueda distinguir la verdad de los juicios, porque no puede distinguir la sinceridad de los gestos, la verdacidad o el cinismo.

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