Venía pensando estos días en eso que llamamos “libertad”. Tal vez sea que, en la vida de cada uno de nosotros ocupa un lugar francamente destacado. “Vida” y “mi vida” o se identifican, o no es tal. Hace años decía “¿vives tu vida o te la viven?” Aludiendo así a la capacidad de tomar decisiones frene al impulso de la moda, los estados de ánimos o las “sensaciones más profundas” (creo que el dolor de muelas y el hambre son sensaciones francamente profundas).
Ahora he de decir más.
La primera manifestación psicológica de la libertad, la propia de la infancia, es aquella en la que el niño “siente” -en el mejor sentido del término- que el viernes puede, en el colegio, elegir hacer un puzzle o colorear un dibujo. Realmente, la conciencia de libertad se hace increíblemente intensa. Más no ha de dársele -estoy exagerando- porque lo ilimitado le paraliza, no sabe qué hacer.
En la adolescencia, la libertad tiene, psicológicamente, el añadido del contenido. Puedo hacer esto, aquello o… cualquier otra cosa. La palabra “yo” es la clave. Soy YO, quien, con sensación de autonomía, de independencia, hago lo que considero oportuno. Obviamente esta última parte es explícita en el mejor de los casos. No es tanto “lo que considero oportuno prudencialmente”, cuanto “lo que quiero”. Ahora bien, la sensación de indeterminación frente al sujeto aumenta, por lo que la conciencia de independencia objetiva también lo hace. El tiempo y el espacio los ordeno yo. La independencia respecto al origen que configuraba el mundo de sus posibilidades aumenta, correlativamente aumenta la sensación de libertad. En este momento psicológico, la desvinculación es sustancial; la vinculación no puede ser, aún, atendida.
Ahora bien, la sustancia misma de la libertad toca a la sustancia misma del ser personal. Es decir, allí donde la libertad no afirma, el ser personal queda inédito. Y, por otra parte, quedar inédito en este campo es no ser y, al final, no cumplir la inmensidad de plenitud que cada uno es. La propia verdad quedaría oculta por falta de amplitud en la afirmación que la libertad puede llegar a asumir.
Digo permanentemente libertad y afirmación. Toda negación implica una situación de miedo respecto al mundo circundante, lo que es impropio del ser personal -quien ha de dominar la creación-; inadecuado para un ser que es, originariamente hijo, no esclavo; es decir, no inane sino lleno de posibilidad y potencia -que es más importante, claro-. Lo más que puede abarcar la libertad es la plenitud del propio ser, de la propia verdad. Interesante será, por tanto, acertar en esto de “la propia verdad”.
¿Cuál es la verdad más profunda, la afirmación más intensa, la determinación más personal? Sin duda algo que tiene la estructura metafísica (antropológico-trascendental) de nuestra originaria verdad “soy hijo”. Soy un ser querido con totalidad y exclusividad desde el origen. Mi verdad más radical consiste, precisamente, en la afirmación -aceptación radical- de esta verdad originaria. ¿Puede haber vínculo mayor? ¿Puede haber afirmación más amplia, grande, total, imponente, acompañada, amorosa?
¿Y después? Es evidente que el camino de la propia verdad circula por el camino de la vinculación, superando ya las limitaciones de la percepción adolescente -que necesita “sentirse independiente” y por tanto sentir algo menor a la propia realidad antropológica-. Totalidad y exclusividad. Todo el tiempo y todo el espacio.
Sólo quien sabe, quien puede, quien aprende la vinculación total y exclusiva; quien supera los límites de la percepción psicológica de la desvinculación, anda por lo más grande, más libre, más verdadero de sí mismo: está llegando a los últimos linderos de la propia existencia. Puede quedar inédito, cierto. La plenitud de cada persona no está asegurada, es un riesgo tan intenso como la vida misma.
Pero ¿qué es eso? Hay que aprender a vivir, a querer, a existir como un padre y una madre. Los otros, el otro concreto, es hijo, no meramente un igual y mucho menos papás que han de mimarme, atenderme o someterse a mi chantaje emocional… Entiendo que la madurez psicológica a la que me refiero es distinta a la procreación -cuantos padres infantiles, adolescentes, cuanto Peter Pan anda suelto…-. ¿Qué independencia espacial o temporal tiene un padre o una madre? y sin embargo, es signo evidente de crecimiento, de solidez y amplitud poder asumir el existir, el subsistir, el madurar de otra persona: el hijo.
Aquí lo dejo. Seguro que esto permite muchos, muchos comentarios.
Me quedo con un “requiebro teológico” que me impresiona cada vez que lo miro… pero será para otra ocasión.
PD: como siempre, Leonardo Polo es una fuente inagotable de ideas; también Karol Wojtila en este caso, junto a una importante expresión de Millán-Puelles: la libre afirmación de nuestro ser (es el título de uno de sus libros). Otro día pondré los links.









