Hablar de solemnes tonterías es lo que se quiere decir con la expresión “discutían sobre el sexo de los ángeles”. Sin embargo el otro día, en una interesantísima conversación, aparecían los ángeles y consiguieron hacerla máximamente animada.
La cuestión es, como tantas veces, la libertad. Intentaré sintetizar las tesis, según voy acostumbrando, telegráficamente. No pretendo hacer teología -porque no sé-.
1. Dicen que los ángeles son libres; es más que eligieron. Eso sí, una vez y nada más.
2. Dicen que son perfectos… Pero no pueden rectificar ni corren riesgos que hagan costosa la decisión tomada….
3. Parece que, ya en nuestro entorno, se es más libre en la medida en que se tiene ese riesgo, esa necesidad de reafirmar.
4. Parece que lo definitivo es menos libre que lo inseguro… Parece que el establecimiento de situaciones de “no-retorno” limitan la libertad… Parece que es mejor la posibilidad de elegir…
Pero yo no lo veía nada claro.
1. Parece que lo relevante no es la decisión, sino el contenido de la misma. El mero hecho de elegir aporta poco en orden a la plenitud.
2. Parece que la decisión es más intensa cuando no sólo atañe al presente, sino también a más cantidad de vida propia. Es decir, la intensidad de la libertad viene medida por la “cantidad” de vida -biografía- que “está en lo decidido”.
3. Parece que el ejercicio de la libertad es más perfecto cuando en el presente está todo el tiempo.
4. Parece que eso es así pero también que nuestra condición temporal hace que ese acto no pueda darse, consumarse tal y como quiere nuestro querer, con esa intensidad: hemos de hacer verdad biográfica la verdad intencional de un momento. Ahí aparece el riesgo y la necesidad de reafirmar la afirmación que ya era completa, pero de otro modo.
5. Parece también que si lo relevante es el contenido de la decisión, no toda elección posee el mismo valor o rango. No es lo mismo elegir limón o naranja que elegir “me caso - no me caso”.
6. Ahora bien, de entre todas las cosas que podemos decidir, elegir, no todas están a la altura de la dignidad de la persona. Sólo amar está a esa altura.
7. La razón de ser de la libertad es amar.
8. Amar es la aceptación radical del otro. El otro posee una consistencia interior que puede ser aceptada completamente en el presente: no se acepta el devenir en ella, sino a la misma persona que es.
9. Amar es la perfección de la libertad humana puesto que ratifica nuestra verdad más profunda: nuestro carácter filial. La persona no es un ser solitario, sino originariamente querido: como un padre quiere a un hijo. Somos libres para poder ser amados y amar.
10. La decisión que no tiene en su interior al otro sino al propio yo -en las mil formas y maneras que el espíritu humano es capaz de pergeñar- hace al hombre un recluso, un ser recluído dentro de sí.
El tiempo hace de nuestra libertad una realidad distendida aunque su referente propio -la persona- está más allá de la mera distensión. La libertad reclama presente, pero ahora se refiere siempre al futuro… todo un reto.
La libertad es un milagro…
1. Se trata de la irrupción de la novedad en la cadena necesaria de los acontecimientos naturales o sociales. Estos últimos tienden a rutinizarse de modo análogo a los procesos naturales (vida ordinaria, etc. )
2. En el caso del milagro divino, la irrupción de su libertad es siempre irrupción de amor y de perfección del mundo creado. Es una elevación siempre adecuada.
3. En el caso del la libertad humana, ésta puede ser acertada o fallida. El acierto del hombre, su amor, es adecuada en la medida que implica un crecimiento.
4. La novedad que la libertad humana realiza es crecimiento desde su verdad (al igual que en el caso divino); sin embargo, no es creación en sentido absoluto: la realidad es previa a la realización de la verdad por parte del hombre.
5. De éste modo se convierte en respuesta a una propuesta divina. Su libertad es respuesta al reclamo de la realidad (la suya en definitiva).
La verdad es la vocación propia del hombre

La realidad es lo que hay.
La vanidad es algo así como la búsqueda de la valoración externa mediante la manifestación de vaciedades.
La palabra es vanidosa cuando en la manifestación de la realidad no aparece ésta, sino un fragmento que, por aislado, es hueco.
A la palabra vanidosa se opone la palabra humilde.
La palabra humilde no fracciona artificiosamente la realidad, puesto que es veraz.
La palabra pseudo-humilde vacía de contenido lo lleno, y busca así la valoración externa mediante la manifestación de vaciedades.
La palabra humilde no fracciona artificiosamente la realidad, puesto que es veraz.
La palabra vanidosa subraya el sujeto de la acción, olvidando que nada, absolutamente nada, ocurre sin el concurso ajeno.
La palabra humilde no fracciona artificiosamente la realidad, puesto que es veraz.
La palabra pseudo-humilde, subraya artificiosamente las acciones, pasiones u omisiones concomitantes infravalorando artificiosamente al sujeto primario de la acción.
La palabra humilde no fracciona artificiosamente la realidad, puesto que es veraz.
Voy a contestar, por motivos variados, sólo incompleta y telegráficamente.
1. Porque el papel tiene virtudes análogas a las del interlocutor: recibe, retiene, permite objetivar porque en él se verbaliza lo que interiormente puede aparecer condensadamente, de forma amalgamada.
2. Porque, atendiendo no sólo al soporte inmediato sino a las propiedades del mismo, puede dirigirse a un mayor número de interlocutores.
3. Porque los mensajes son realmente distintos: la escritura permite un lenguaje más preciso y una cierta reflexión, tanto por parte del que escribe como por parte del que lee.
4. Porque las interferencias propias de la personalidad -son en ocasiones auténticas interferencias- desaparecen. Se recibe lo escrito y lo que resulta es reconocible para ambas partes. El lenguaje no verbal no comparece junto al verbal. El estilo, rasgo ligado a la personalidad, es también analizable por ambas partes, se hace menos difuso.
5. Porque, al no aparecer el rostro, es posible mostrar sin que se vea el rubor.
6. Porque lo escrito permanece, lo dicho se lo lleva el viento.
Sin embargo el hombre no se manifiesta suficientemente en la palabra escrita. Por eso, la ausencia de presencia completa en el diálogo no satisface las ansias de diálogo humano. Es más, el carácter dialógico del ser personal queda frustrado si no se vive la oralidad del lenguaje.
En todo caso, de lo dicho anteriormente sólo me preocupa en este momento, como es patente por la extensión misma de la redacción, el cuarto punto. El lenguaje oral introduce variables que pueden ser con mayor facilidad mal interpretadas; o bien, introduce variables no controlables por el emisor del mismo modo y con la misma soltura que el contenido semántico del mensaje. Por otro lado, la educación estética e intelectual permite una mayor confluencia de claves interpretativas de los mensajes en los que los rostros de los que dialogan están presentes. Ignorar o tener dificultad para reconocer, por parte del emisor, cuál sea esa educación, ese sustrato interpretativo del rostro que se halla frente al propio mirar, es un auténtico problema.
En fin, aún no tengo las claves prácticas reales para superar las dificultades señaladas. Quedan apuntadas pero nada más. La proximidad del problema es excesiva y todo intento de superación o argumentación previa al crecimiento personal queda aún lejos. La responsabilidad de la aporía práctica tiene dos sujetos; sin embargo, en cuanto la intención comunicativa reside en el emisor, sobre él recae la carga del intento de modificación y la apertura de canales adecuados de relación verbal -y no verbal-.