¿Por qué escribir y no sólo hablar?

  Voy a contestar, por motivos variados, sólo incompleta y telegráficamente.

1. Porque el papel tiene virtudes análogas a las del interlocutor: recibe, retiene, permite objetivar porque en él se verbaliza lo que interiormente puede aparecer condensadamente, de forma amalgamada.

2. Porque, atendiendo no sólo al soporte inmediato sino a las propiedades del mismo, puede dirigirse a un mayor número de interlocutores.

3. Porque los mensajes son realmente distintos: la escritura permite un lenguaje más preciso y una cierta reflexión, tanto por parte del que escribe como por parte del que lee.

4. Porque las interferencias propias de la personalidad -son en ocasiones auténticas interferencias- desaparecen. Se recibe lo escrito y lo que resulta es reconocible para ambas partes. El lenguaje no verbal no comparece junto al verbal. El estilo, rasgo ligado a la personalidad, es también analizable por ambas partes, se hace menos difuso.

5. Porque, al no aparecer el rostro, es posible mostrar sin que se vea el rubor.

6. Porque lo escrito permanece, lo dicho se lo lleva el viento.

Sin embargo el hombre no se manifiesta suficientemente en la palabra escrita. Por eso, la ausencia de presencia completa en el diálogo no satisface las ansias de diálogo humano. Es más, el carácter dialógico del ser personal queda frustrado si no se vive la oralidad del lenguaje.  

En todo caso, de lo dicho anteriormente sólo me preocupa en este momento, como es patente por la extensión misma de la redacción, el cuarto punto. El lenguaje oral introduce variables que pueden ser con mayor facilidad mal interpretadas; o bien, introduce variables no controlables por el emisor del mismo modo y con la misma soltura que el contenido semántico del mensaje. Por otro lado, la educación estética e intelectual permite una mayor confluencia de claves interpretativas de los mensajes en los que los rostros de los que dialogan están presentes. Ignorar o tener dificultad para reconocer, por parte del emisor, cuál sea esa educación, ese sustrato interpretativo del rostro que se halla frente al propio mirar, es un auténtico problema.

En fin, aún no tengo las claves prácticas reales para superar las dificultades señaladas. Quedan apuntadas pero nada más.  La proximidad del problema es excesiva y todo intento de superación o argumentación previa al crecimiento personal queda aún lejos. La responsabilidad de la aporía práctica tiene dos sujetos; sin embargo, en cuanto la intención comunicativa reside en el emisor, sobre él recae la carga del intento de modificación y la apertura de canales adecuados de relación verbal -y no verbal-.

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