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El don de la Palabra (III)

Sigo leyendo con detenimiento el discurso de Ratzinger al mundo de la cultura, y sigo asombrándome.

Cuando la civilicación occidental está en crisis, cuando los fundamentos de la propia cultura parecen tambalearse -y se tambalean de hecho- unos hombres se lanzan a lo esencial, intentan buscar lo permanente en ese todo cambiante e inestable. Y ese itinerario lo realizan a través de las palabras en una búsqueda incesante de la Palabra.

En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era “escatológica”. Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo.

Así las cosas, estos hombres hacen girar toda su existencia en torno a la Palabra. Sorprende que entiendan que la Palabra es más estable que el mundo mismo. Pero tal vez es que veían que en la Palabra habita la verdad.

Cuando el mundo propio es un lugar agreste y difícil, parece que el anhelo radical permanece y ese anhelo es, precisamente, aquello que no está bajo el poder despótico de ningún hombre. Bien, eso es el ser mismo y la verdad en la que el ser se patentiza.

Creo que por más que nuestra situación sea compleja, no siempre alcanzamos a escuchar con detenimiento lo que se despierta en el interior de todo hombre, esto es, el deseo de verdad, de certidumbres, de dimensiones de su existencia capaces de anclarse en la estabilidad fiable.

Cuando estamos rodeados de personas, de gentes, ¿qué podemos aportar? Palabra, Verdad, Lealtad.

Entre “maestro” y “ministro”…

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