Hablaba con unos alumnos sobre una cuestión planteada por Leonardo Polo en Ayudar a crecer.
Hablamos de educación y del papel de los padres en la educación. Eso es una obviedad:
los padres son los primeros educadores, los padres son quienes dan soporte a la seguridad originaria del niño, los padres mal educados educan mal, los padres han de dedicar tiempo a los hijos, etc. etc. etc.
Sin embargo, no solemos enfrentarnos a otra obviedad: los niños necesitan la estabilidad del matrimonio. Si los padres mal educados educan mal, los padres que no saben quererse educan fatal.
Ahora paso a otro ámbito cultural: el de la poligamia.
En general la poligamia implica desestructuración por cuanto “ella” -habitualmente- no está en régimen de igualdad respecto a “él”. La poligamia lleva consigo la discriminación de la mujer: no hay reciprocidad. Eso es suficientemente importante como para no trivializarlo so capa de “alianza de civilizaciones”.
Sin embargo, no es la única dificultad. Otra tal vez más grave acompaña a la poligamia: desaparece del horizonte existencial el aprendizaje de la “totalidad y exclusividad” en la entrega personal. Y esto…. sí que es serio. Se trata de una posibilidad humana que quedará inédita. Lo más grande que el hombre posee, la capacidad de entrega en régimen de totalidad y exclusividad, desaparece del horizonte existencial del niño. Si en sus padres no se da… algo tan radical, casi no se puede aprender en ningún otro sitio, en ningún otro sitio se tiene tanta confianza como en la propia familia.
Pues bien, Polo llama “poligamia sucesiva” al divorcio. Imponente pero evidente.
Un padre o una madre, aunque estén divorciados, siempre comparten y compartirán un proyecto de tal intensidad, tan importante como es un hijo. En virtud del hijo -el fruto maduro de la entrega personal- el proyecto matrimonial es “imborrable”; de hecho, jurídicamente el padre siempre será padre y la madre, madre. El divorcio no puede anular la relación ontológica. Por tanto, si hay un nuevo vínculo, es “de hecho” poligamia, pues los proyectos anteriores siguen existiendo.
Puede ocurrir, pensará un frívolo, que en la poligamia sucesiva el varón y la mujer están en situación de igualdad: los dos pueden volver a comprometerse. Pero… el frívolo no cae en la cuenta de que lo que queda herido de muerte es “la entrega total y exclusiva”. Con razón pueden pensar los niños que eso es “una utopía”… porque no lo han visto en aquellos que deberían haberse querido tanto como para sostener la seguridad de su existencia. Si en ellos no se dio… será que es imposible.
En una sociedad en la que la poligamia sucesiva es el modo habitual, desaparece, se desdibuja la posibilidad de educar en orden al amor total y exclusivo…. es realmente serio… es peor que la desaparición del oso gris… es peor que el deshielo del polo norte…. es peor que los huecos en la capa de ozono… es la desaparición de un radical personal….
La palabra “empeñarse” es una forma enclítica del verbo “empeñar”, próxima al término “empeño”, procedente del latín “in pignus” -en prenda de-. Es decir, “dejar algo en prenda para asegurar un pago y por tanto obligarse”.
Ya se ve que, cuando alguien “se empeña”, él mismo se obliga y, tal vez, él mismo sea la prenda que asegura el cumplimiento de una obligación (ob-ligare: ligado, unido a algo, hacia algo). Empeñarse es un modo de implicarse en la consecución de un objetivo tal que no cabe algo mayor: ¿hay algo más que podamos dar en prenda que nuestro propio ser en orden al actuar?
Pues bien, en un empresa, en un emprendimiento, lo propio es empeñarse, puesto que el sujeto que realiza la acción es quien se implica. No hay empresa sin empeño; no hay empresa sin ligazón con el fin que da sentido y realidad a la empresa, sin obligación.
Emprender, empeñarse y obligarse.
De estos tres términos el primero de ellos tiene buena prensa; el segundo algo peor -puede sonar a voluntarismo-. En cuanto al tercero… ¡¡qué mal visto está!! Y sin embargo, al margen de la obligación hay autismo, aislamiento. Habrá que recuperar la palabra “obligación” en cuanto es próxima a la “re-ligación” -que tanto gustaba a Zubiri-.
Sólo era una pincelada… por el gusto de responder a las preguntas -un vicio como otro cualquiera que me aqueja-.
Cada día -porque es cada día e incluso varias veces al día- me sorprendo cuando oigo hablar de la “crisis de confianza” en la que ha entrado nuestro sistema financiero. Es el segundo nivel tras la vulgar “crisis económica”, o su profundización o algo así. Cada día -e incluso varias veces al día- al repetir la noticia, el hecho, la losa con la que vivimos en la cabeza, se aventuran soluciones, parches en otros casos, e incluso operaciones quirúrgicas de alcance para la estructura. Sin embargo, las enfermedades tienen, no sólo sintomatología, sino también -y es lo más interesante- etiología.
No soy economista, tampoco médico, pero quisiera profundizar un poco en el hecho que todos subrayan y poner de manifiesto alguno de sus implícitos, en orden a aparender un poco.
Una sociedad es una organización suficientemente estable de familias; es decir, las relaciones extra-familiares originan y son el principio de toda relación social. La endogamia no es “saludable” ni biológica ni económicamente. La necesidad de intercambios es la causa próxima de las relaciones sociales estables. Ahora bien, las relaciones de intercambio son llevadas a cabo, en un primer momento con el formato de “trueque”; más tarde, en orden a la comodidad, se realizan mediando un “símbolo”: el dinero. En efecto, el dinero es un “símbolo” que significa “soy intercambiable por cualquier cosa”. Alguien puede tener dos kilos de tomates o un billete que pueda ser cambiado por esa cantidad de tomates. En realidad, con el dinero puede tener tomates o cualquier cosa cuyo valor esa semejante.
Es un obra mestra el dinero: todo es tasado -medido- respecto a un valor común -antiguamente el oro-, y ese “metro común” fue representado por dinero. Ese dinero vale lo que el metro común, susceptible de cualquier tipo de cambio. Es sorprendente: toda la realidad puede ser medida por el mismo metro: una casa, un coche, una matrícula en la universidad, unos limones, un viaje, la previsión de gasto de una operación quirúrgica -eso es un seguro médico-….
En realidad, el uso del dinero en lugar del oro implica un acto de confianza en los bancos, que son los que “emiten” papelitos que “valen por” la cantidad de oro que es el verdadero “metro” del valor de las cosas. Quien usa dinero en lugar de oro, confía en que el banco daría ese oro a quien él entrega el papelito. El banco no se va a ir de juerga con mi oro. Es evidente que las cosas se han complicado muchísimo, de modo que esta narración tiene carácter casi de “cuento de niños”, aunque no es carente de sentido y de verdad.
La otra dimensión del intercambio es el matrimonio: la salud biológica en las relaciones de procreación que exige la unión extra-familiar -no endogámica-. Si sólida ha de ser la confianza en el valor del dinero, cuánto mayor en el valor del compromiso matrimonial. Libertad de mercado y matrimonio son las dos realidades que vertebran toda sociedad: lo demás es importante pero colateral.
No hablaré ahora del matrimonio, sino sólo de la base de toda relación: la confianza. Se exige, para que el sistema funcione, que nosotros -personas- nos fiemos de los bancos, que los bancos -personas que dirigen las entidades- se fien de los bancos, que los estados -personas que dirigen los estados- se fíen de los estados…. si alguien da duros a cuatro pesetas…. o te fías. Si alguien promete y no cumple… no te fías. La consistencia social, la solidez del nexo entre las personas que es el fundamento de la sociedad civil, es una virtud: la justicia: a cada uno lo suyo; y como condición la veracidad: al pan pan y el vino vino.
Por este motivo, ante los problemas tan graves como el que tenemos encima, es conveniente mostrar, aunque sólo sea torpemente, algo de su etiología: alguien dijo que tenía dinero o cosas que valían dinero…. y no las tenía. Alguien prestó algo… y no lo tenía, prestó un símbolo vacío. Alguien habla de “arrimar el hombro mientras se sube el sueldo, mientras despilfarra”. Alguien dijo… y no era verdad. ¡¡Qué graves son las mentiras de los políticos!! ¡¡Qué graves los amiguismos, los tráficos de influencia!!! ¡¡¡Qué graves!!!
De todo esto deduzco un par de cosas: la crisis de confianza se cura con veracidad. La veracidad tiene como correlato fáctico la justicia. Al margen de estos dos ejes, todo lo demás son deseos vanos, como las hipotecas basura: papelitos que dicen que valen mucho… y no valen nada. Sólo la integridad moral es capaz de generar confianza. Por eso, en los momentos de decadencia se necesitan algo más que palabras: se necesitan personas capaces de vivir, decir, hacer, decidir… con verdad. Eso que suele llamarse “integridad”. Es decir, el liderazgo que las crisis necesitan no es el “carismático”, sino el “moral”.
Por ese motivo, comprendo que los programas electorales sólo son válidos si son respaldados por personas íntegras. Por eso, la categoría moral -en su vida privada y en su manifestación pública- conviene que sea íntegra. Por eso, si alguien no es capaz de ser fiel a su mujer… ¿cómo será fiel al estado?
En fin, no me extiendo más: estas crisis de confianza son crisis morales, no crisis técnicas: la confianza es una expresión de carácter moral… y es eso lo que está en crisis.