La “persona sola” en sociedad

Si estar vivo es posee un impulso hacia el crecimiento, si vivir es crecer, ayudar a crecer será, entiendo, la acción más noble de un hombre respecto a otro hombre. En efecto, la mera yuxtaposición de existencias frustra el sentido del vivir coexistente, y éste es el único modo de existir -siendo hijos y siendo hermanos-. La coexistencia es nuestro modo de estar en el mundo, toda vez que “persona sola” es una falacia metafísica y una tristeza biográfica.

Vivir como “persona sola” es una falsedad en la que puede cada uno de nosotros instalarse, puesto que la libertad humana lleva implícito el sello del error -y del mal-. “Misterio de iniquidad” llamaba San Agustín a esta posibilidad; misterio, pero no por eso menos cierto, próximo, real, palpable. Hacer de los hombres individuos autosuficientes o individuos pendientes en su existencia de la colectividad abstracta, del Estado todopoderoso es una de las acción más perversas que el poder político puede realizar. La separación del hombre respecto a otro hombre a quien habría de reconocer como hijo y como hermano.

Dos son los modos de conducir hacia ese abismo al hombre: el secularismo y el laicismo. No son términos sinónimos. El primero significa la consideración “sólo terrestre”, “sólo del siglo”, “sólo material” de la existencia y la felicidad. La manifestación inmediata de ese vivir es el hedonismo y el materialismo. Es decir, la clausura del hombre en sí como sujeto de placer y en sí como sujeto del poseer material. Otra cosa es el laicimo. Allí la existencia del hombre quiere hacerse depender de sí misma por lo que percibe como amenzada toda realidad trascendente o significativa de trascendencia, de estabilidad racional no sujeta al propio arbitrio. Dios es el enemigo para el laicismo.

Cada hombre, para ser libre -dicen- ha de ser autónomo, también autosuficiente; y puesto que eso sólo es posible con ayuda, es el nuevo dios quien satisface esa necesidad, no el hombre-hijo, el hombre-hermano. Hijo y hermano son términos radicalmente relativos a la Paternidad. El hombre es ahora “hombre emancipado”. Es el dios-estado quien hace del hombre “hombre emancipado” y por lo mismo “hombre solitario”, ufano de su autonomía, de su falaz autonomía. El hombre está sólo frente a otro hombre, puesto que ya no poseen el mismo marco existencial -éste es ahora autónomo-, de origen y coexistencia. Ya no pueden hablar del origen y la coexistencia porque son realidades “autónomas”. El hombre se siente todopoderoso, cuando en realidad sólo algunos lo son: los que construyen la sociedad solitaria. Ya no hay cosmos, ya no hay orden, ya no hay un espacio del que nadie es dueño y en el que todos viven; un espacio y un orden al que todos puedan referirse como superior a todos y liberador de la tiranía de todos.

Si el secularismo sobrevive por somnolencia de los impulsos más nobles del hombre, ahogados por la tenencia y el disfrute presente -sólo presente-; el laicismo deviene por la beligerancia común a toda realidad que amenace su hegemonía. El orgullo laicista es vivido en la guerra, no en la paz. Los autónomos individuos convivientes tienen en común al “enemigo”; es esto lo que les hace no devorarse -porque la autonomía propia choca con la autonomía ajena, porque la convivencia laicista es falaz en sí misma y el respeto mutuo es sostenido a duras penas: ya no son hijos, no son hermanos, no hay autoridad paterna ni realidad externa a la que todos refieran el contenido de sus palabras-. Sin Padre, sin cosmos, cada individuo “siente” omnipotencia cuando otro le “construye”, cuando otro -el Estado- fabrica arbitrariamente la realidad social e individual. La acción constructora del Estado recuerda a cada hombre autónomo la onmipotencia del hombre poderoso -creyendo que es la propia-. El orgullo y el odio: esos son los conectivos de la sociedad laicista. No podemos hablar de ética -que de suyo no puede ser autónoma y compartida simultáneamente-. No podemos hablar de verdad -que de suyo no puede ser autónoma y compartida simultáneamente-. Ya no podemos hablar, sólo “sentir” orgullo y odio existiendo en coexistencia falaz.

3 comments ↓

#1 Philip Muller on 02.21.09 at 12:47 pm

No sé si lo he entendido del todo. Pero creo que los ciudadanos “no-cristianos” de hoy en día no se ven a sí mismos como dioses que construyen en plena autonomía su universo “huérfano” de un Padre. No. Tampoco creo que todos los cristianos sientan con especial fervor la existencia del un Padre. No. Sencillamente hay gente que, más que vivir, intenta sobrevivir en un mar gobernado por la economía y los medios. Hay personas solas. No sé.

#2 Consuelo Martínez-Priego on 02.21.09 at 5:32 pm

Perdona, Philip, llevas razón: algo críptico me ha salido el texto -escrito de un tirón….-.

Tan sólo he querido matizar qué es el secularismo frente al laicismo; y cómo en el segundo hay una intencionalidad de “construir al hombre autónomo”. También he intentado mostrar algunas de las falacias que esta situación genera: el hombre contruido autónomo es esencialmente solitario y dependiente del dios-estado.

¿Acaso no es la pasividad social signo de esta situación? -que todo me lo solucione el estado-. La agresividad frente a lo religioso, ¿no indica también que nos encontramos en una situación de este orden?

La mera supervivencia de tantos, ahogados por la crisis entre otras cosas, tan sólo impide la reflexión sobre el fondo de la situación: el entorno ideológico en el que viven y los fundamentos de su existencia.
Cierto, no todos los cristianos son conscientes de la filiación; sin embargo poseen un relativo-saludable sentido de la dependencia. La distinción entre bueno y malo no está bajo su arbitrio, sino en una realidad no pendiente de sus manos. Esa simple percepción “metafísica” de la realidad le hace no ser un “hombre solo” -entiéndase “hombre autónomo”-.

Y en el fondo, ese estar “en un mar gobernado por la economía y los medios” es vivir bajo el “sino” de dioses ignotos. El hombre autónomo, al final, es hombre esclavo. Intenté mostrar cómo esa es la falacia por antonomasia. El hombre autónomo -no dependiente de Dios- depende de un orden social que otros construyen y que a él mismo construye.

Gracias por el comentario. Un cordial saludo

#3 Juan Carlos C on 09.08.09 at 3:11 am

Lós seres autónomos también están regidos por la ley de Dios ya que según sus creencias o penamientos “autónomos” ceén o tienden a hacer lo contrario a las doctrinas cristianas sin embargo al tomar tal postura están siendo regidos por el Dios al que no aceptan pues llegan a conocer bastante bien la doctrina sólo para hacer lo contrario algo ilógico pero real se rigen por el que no quieren que los rija su no aceptarán su existencia no les importaría lo que dicen los escritos lo cual no hacen .

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