Ya comenté que el mundo es la “casa del hombre”.
Cuestión básica es que el mundo es para el hombre, como la casa es para el hombre, no el hombre para la casa -sería un craso error desordenar la cuestión-; pero eso no significa que sea “para mi” de modo arbitrario, es más, no es en sentido absoluto “mío”.
Se trata de una casa que nos fue entregada por nuestros mayores y que heredarán nuestros hijos. Esto, que parece una obviedad, no deja de tener importantísimas consecuencias.
Encontramos por tanto un don -la naturaleza que nos ha sido dada- y una tarea -habitarla, potenciarla, desarrollarla, para entregarla a la siguiente generación-.
Pues bien, el único modo de llevar a cabo esta transmisión de riqueza pasa por el atento cuidado del orden natural. El hombre no pone el orden en la naturaleza y descubrir la ley natural y llevarla a cumplimiento -en el ámbito humano de modo más claro- es su misión específica. Llevar a plenitud la naturaleza en su conjunto y la naturaleza humana especialmente: he ahí el reto.










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