Cada día -porque es cada día e incluso varias veces al día- me sorprendo cuando oigo hablar de la “crisis de confianza” en la que ha entrado nuestro sistema financiero. Es el segundo nivel tras la vulgar “crisis económica”, o su profundización o algo así. Cada día -e incluso varias veces al día- al repetir la noticia, el hecho, la losa con la que vivimos en la cabeza, se aventuran soluciones, parches en otros casos, e incluso operaciones quirúrgicas de alcance para la estructura. Sin embargo, las enfermedades tienen, no sólo sintomatología, sino también -y es lo más interesante- etiología.
No soy economista, tampoco médico, pero quisiera profundizar un poco en el hecho que todos subrayan y poner de manifiesto alguno de sus implícitos, en orden a aparender un poco.
Una sociedad es una organización suficientemente estable de familias; es decir, las relaciones extra-familiares originan y son el principio de toda relación social. La endogamia no es “saludable” ni biológica ni económicamente. La necesidad de intercambios es la causa próxima de las relaciones sociales estables. Ahora bien, las relaciones de intercambio son llevadas a cabo, en un primer momento con el formato de “trueque”; más tarde, en orden a la comodidad, se realizan mediando un “símbolo”: el dinero. En efecto, el dinero es un “símbolo” que significa “soy intercambiable por cualquier cosa”. Alguien puede tener dos kilos de tomates o un billete que pueda ser cambiado por esa cantidad de tomates. En realidad, con el dinero puede tener tomates o cualquier cosa cuyo valor esa semejante.
Es un obra mestra el dinero: todo es tasado -medido- respecto a un valor común -antiguamente el oro-, y ese “metro común” fue representado por dinero. Ese dinero vale lo que el metro común, susceptible de cualquier tipo de cambio. Es sorprendente: toda la realidad puede ser medida por el mismo metro: una casa, un coche, una matrícula en la universidad, unos limones, un viaje, la previsión de gasto de una operación quirúrgica -eso es un seguro médico-….
En realidad, el uso del dinero en lugar del oro implica un acto de confianza en los bancos, que son los que “emiten” papelitos que “valen por” la cantidad de oro que es el verdadero “metro” del valor de las cosas. Quien usa dinero en lugar de oro, confía en que el banco daría ese oro a quien él entrega el papelito. El banco no se va a ir de juerga con mi oro. Es evidente que las cosas se han complicado muchísimo, de modo que esta narración tiene carácter casi de “cuento de niños”, aunque no es carente de sentido y de verdad.
La otra dimensión del intercambio es el matrimonio: la salud biológica en las relaciones de procreación que exige la unión extra-familiar -no endogámica-. Si sólida ha de ser la confianza en el valor del dinero, cuánto mayor en el valor del compromiso matrimonial. Libertad de mercado y matrimonio son las dos realidades que vertebran toda sociedad: lo demás es importante pero colateral.
No hablaré ahora del matrimonio, sino sólo de la base de toda relación: la confianza. Se exige, para que el sistema funcione, que nosotros -personas- nos fiemos de los bancos, que los bancos -personas que dirigen las entidades- se fien de los bancos, que los estados -personas que dirigen los estados- se fíen de los estados…. si alguien da duros a cuatro pesetas…. o te fías. Si alguien promete y no cumple… no te fías. La consistencia social, la solidez del nexo entre las personas que es el fundamento de la sociedad civil, es una virtud: la justicia: a cada uno lo suyo; y como condición la veracidad: al pan pan y el vino vino.
Por este motivo, ante los problemas tan graves como el que tenemos encima, es conveniente mostrar, aunque sólo sea torpemente, algo de su etiología: alguien dijo que tenía dinero o cosas que valían dinero…. y no las tenía. Alguien prestó algo… y no lo tenía, prestó un símbolo vacío. Alguien habla de “arrimar el hombro mientras se sube el sueldo, mientras despilfarra”. Alguien dijo… y no era verdad. ¡¡Qué graves son las mentiras de los políticos!! ¡¡Qué graves los amiguismos, los tráficos de influencia!!! ¡¡¡Qué graves!!!
De todo esto deduzco un par de cosas: la crisis de confianza se cura con veracidad. La veracidad tiene como correlato fáctico la justicia. Al margen de estos dos ejes, todo lo demás son deseos vanos, como las hipotecas basura: papelitos que dicen que valen mucho… y no valen nada. Sólo la integridad moral es capaz de generar confianza. Por eso, en los momentos de decadencia se necesitan algo más que palabras: se necesitan personas capaces de vivir, decir, hacer, decidir… con verdad. Eso que suele llamarse “integridad”. Es decir, el liderazgo que las crisis necesitan no es el “carismático”, sino el “moral”.
Por ese motivo, comprendo que los programas electorales sólo son válidos si son respaldados por personas íntegras. Por eso, la categoría moral -en su vida privada y en su manifestación pública- conviene que sea íntegra. Por eso, si alguien no es capaz de ser fiel a su mujer… ¿cómo será fiel al estado?
En fin, no me extiendo más: estas crisis de confianza son crisis morales, no crisis técnicas: la confianza es una expresión de carácter moral… y es eso lo que está en crisis.
Sigo con la cuestión planteada en el post relativo a la verdad histórica, y sin ánimo de ser relativista. En efecto, decir que la “verdad absoluta” no la tiene nadie no implica negar la verdad: algo puede ser “absolutamente verdadero” pero no ser la “verdad absoluta”.
“… en los más diferentes dominios de la ciencia la forma de plantear nuestros experimentos y nuestras preguntas influye de manera decisiva en la realidad que observamos”.
La verdad histórica existe, puesto que hay algo necesario -el pasado- que puede ser conocido. Ahora bien, el nivel de certeza alcanzable es relativo por diversos motivos:
1. Se conoce a partir de datos, algo así como efectos de las acciones mismas: datos e historia no son sinónimos.
2. La historia no es la mera amalgama de datos, sino algo más.
3. La historia no es la mera amalgama de biografías, sino algo más.
4. La historia no es la mera conciencia subjetiva de alguno de sus protagonistas, sino algo más.
5. La historia posee cierta racionalidad, pues es cognoscible, pero es una racionalidad especial.
Ahora bien:
1. Sin duda la historia significa hechos, cognoscibles a través de datos.
2. La historia significa razones de los hechos, cognoscibles a través de datos y del conocimiento de uno de los motores de la historia: la acción humana.
Cada día veo más claro que las lagunas son muchas y también que el marco conceptual desde el que se narra la historia supone todo un tamiz gracias al cual se decantan los datos. Es decir, de todos los elementos que han aparecido en la relación precedente, la comprensión de la naturaleza humana no es algo histórico, sino suprahistórico, y, sin embargo, clave para la comprensión de la realidad histórica. Es decir, para hacer historia se requiere una cierta idea del hombre mismo, previa ciertamente, aunque luego venga a quedar ilustrada por la historia misma: pero es previa, insisto.
Por otro lado, es ingenuo pensar que los datos poseen todos la misma relevancia, el mismo peso en orden a configurar una narración. Pues bien, la fisinomía de los datos procede de un marco externo a la historia. La pregunta no es historia, sino suprahistoria, por lo que el inicio de la narración y el criterio mismo de decantamiento es suprahistórico.
¿Y qué decir de ese enigma según el cual la historia, teniendo lógica supra-personal no posee sujeto supra-personal? Misterio. La historia puede narranse sin nombres propios y ser razonable, aunque nunca acaece sin nombres propios… misterios.
Hace unas semanas os dejé un “macro-reloj” en un post titulado “el mundo en números”. Este es un vídeo que recomendaba Fátima en el comentario. Tiene gracia el guiño a la masonería que hace Donald por medio de los pitagóricos… Pero a pesar de eso, merece la pena
Tiendo a contar las horas que estudio, las palabras que escribo cada hora, los folios que leo. etc. etc. etc. Y he encontrado esto…. obviamente me he quedado embobada mirándolo…
La afirmación cartesiana junto al relativismo en su dimensión cognitiva, hacen acto de presencia constante en conversaciones más o menos informales y, por supuesto, en otras de carácter más científico: en el aula.
Y cada año he de abordar la cuestión; si bien es cierto que a estas alturas, y al no disponer del tiempo necesario para desarrollar una crítica completa, tiendo a resumir la respuesta en algunos breves argumentos.
Intentaré, con cierto orden, condensarlos en este post. Tienen, como tantos argumentos, una dimensión estrictamente lógico-deductiva, otra de precisión terminológica -buscar analogías propias, impropias y términos unívocos- y una última que busca la aproximación mediante ejemplos -esto es, auténticas analogías en ocasiones casi exclusivamente impropias-. De todos estos recursos, los ejemplos son lo más convincente a primera vista, pero también lo menos sólido. Habrá que tener cierto arte para añadir la cantidad precisa de cada ingrediente y que el conjunto no pierda el buen gusto.
1. Conviene distinguir:
el conocimiento propio de los sentidos externos (ver, oír, tocar, etc.),
el de los sentidos internos (la imaginación, por ejemplo, es capaz de re-presentar los objetos “sentidos” en ausencia de la realidad e incluso de completar lo que no está apareciendo: al ver una silla por delante, nos “re-presentamos” la silla completa, con cuatro patas),
el de la inteligencia, que permite hacer juicios cuyo núcleo es la afirmación o negación, es decir, la dimensión asertiva y por tanto la pretensión de verdad.
Pues bien, si al mirar algo lejano “lo visto” aparece pequeño, el ojo ve adecuadamente -no hay más que caer en la cuenta de cómo funciona la perspectiva…-; el problema es afirmar “ese hombre ES pequeñísimo”. Es correcto decir que “a ese hombre LO VEO pequeñísimo”, porque es verdad; pero la segunda afirmación no procede de un engaño de los sentidos, sino de una falta total de conocimiento mínimo sobre cuestiones tan simples como las reglas de la perspectiva.
Los sentidos nos engañarían si VIÉSEMOS a alguien a 50 metros con un tamaño de 1,70 (eso sería un gigante al aproximarse… en fin, todo un susto esa “falta de engaño”).
¿Se imaginan ustedes que no viésemos que el palo, al meterse en el agua, parece roto? ¿No sería absurdo que, al mirarnos los pies en una piscina nos asustásemos como si, de repente, fuésemos enanitos?
2. La condición de posibilidad de la sentencia “los sentidos nos engañan” es
que seamos conscientes de la diferencia entre acierto y error, engaño y no-engaño;
y no sólo eso, sino que dispongamos de un criterio para ello.
Por tanto, la condición de posibilidad de la sentencia antes señalada es que los sentidos no nos engañen siempre, y que tengamos posibilidad de saberlo.
Si todo conocimiento sensible fuese engañoso no podríamos afirmar que nos engaña, estaríamos permanentemente dentro de la red o del muro. El único modo de afirmar que estamos dentro de un corral -y por tanto que existe un mundo más allá- es haber subido al muro y haber mirado a los dos lados -o al menos que alguien te lo haya contado-.
Es decir, decimos que existen monedas falsas porque las hay verdaderas y podemos distinguirlas. Si todas las monedas fueran falsas, esas serían la moneda oficial. Si las monedas falsas no se distinguiesen de las verdaderas, no serían falsas (es decir, serían auténticas pero emitidas sin conocimiento suficiente del emisor legítimo, pero no falsas).
Y todo esto es relevante porque la cuestión de la verdad y la falsedad no es baladí. Cada semana tendré que introducirme más en ella por “exigencias del guión”, es decir, porque los diálogos irán discurriendo por ahí.
Al final, todas las conversaciones derivan hacia dos puntos clave: la distinción entre verdadero y falso y la distinción entre bueno y malo. Todo lo demás, una vez pasada la barrera de los prejuicios temáticos, cede ante este inmenso reto.
Como cada año echo un vistazo a “El hombre en busca de sentido”. Me gusta tenerlo fresco cuando voy a verlo con los alumnos. En esta ocación, mientras leía he vuelto a asombrarme, y he tomado unas notas. Las dejo aquí.
1. La existencia desnuda: sin pertenencias, sin ropa, sin nombre…
2. La dificultad para aceptar la verdad: aunque había algo verdadero.
3. Impasibles, con emociones embotadas; incapaces de sentir horror, asco…
4. El dolor de un latigazo y el dolor de un insulto; la dureza de la materia y la otra dureza.
5. ¡Qué importante es el cuerpo y sin embargo no lo es todo! El hambre, sus efectos corporales y psicológicos. El hambre y el deseo de superar la situación infrahumana de sólo pensar en comida.
6. ¿Y qué decir del contenido de la meta última del hombre, cuando todo se ha perdido? Habrá que recordar la palabra “contemplación”, tan mal comprendida en nuestro tiempo.
7. La sorprendente articulación entre insensibilidad y deleite en la belleza. Pero no se daba en todos.
8. Resolver el problema de la supervivencia: no es mera adaptación biológica. Aprender el arte de vivir.
Jamás pensé que tuviese dificultad para escribir. Puesto que son ya varios los días que llevo sin hacer acto de presencia en esta sitio, intentaré poner de manifiesto la situación objetiva.
1. Es complejo mantener la cabeza en más de un hilo discursivo simultáneamente. Así, el inicio de una nueva asignatura suele centrar toda mi atención, especialmente, en los momentos “vacíos” -de camino al trabajo, mientras hago alguna tarea manua..-
2. Cuando el hilo discursivo desea plasmarse en palabras, en blog, la situación se hace aún más compleja, puesto que la atención no sólo se centra en una temática, sino también en unas palabras: se piensa con palabras de modo mucho más explícito.
3. Intentar mantener tres blogs durante estos tres meses va a ser una tarea compleja, especialmente si se convierte en tarea solitatia: dialogar es más fácil que sólo proponer.
No son excusas, sino la discripción de las limitaciones psicológicas -esto es, de operatividad de las diversas facultades cognitivas-.
Cuenta Wolf que Tomás de Aquino, durante algunos períodos de su vida, si no recuerdo mal en aquellos en los que enseñaba en París, dictaba varios libros a la vez: tenía 3 o 4 amanuenses a los que iba dictando los “nada fáciles” argumentos, correspondientes a otros tantos castillos argumentales.
Ahora tenemos ordenadores, pero no escribimos más ni mejor… la genialidad está en un sitio que no se parece “en nada” a la tecnología -no he querido decir técnica para evitar equívocos, lógicamente-.