Una de las temáticas reincidentes últimamente es la “educación de la afectividad”. No me extraña dado el entorno en el que vivimos. Quería subrayar, casi telegráficamente -como viene siendo habitual- algunas ideas clave en torno a esta cuestión aparecidas al hilo de diversos comentarios en torno a algunos textos de Leonardo Polo:
1. La educación de la afectividad, aquella que se encamina hacia la “normalización afectiva” -en términos de Polo- es un asunto familiar. O se realiza en la familia… o vamos mal.
2. La familia educa mediante dos variables:
2.1. La consistencia y estabilidad del matrimonio: la unidad afectiva y efectiva; una unidad que se palpa en el modo de tratarse y en el modo de educar.
2.1. El juego es la actividad que ayuda a conformar de modo más intenso la afectividad, al vincular afectos y actividad. Posee los siguientes “ingredientes”.
- Proposición de objetivos -si no persigue algo el juego no tiene sentido-
- Establecimiento de retos -si no hay dificultades el juego no tiene interés-
- Posee reglas, normas -si se hacen trampas el juego desaparece-
- Se aprende a ganar y perder -este punto moldea la “toleracia a la frustración” aproximándolo a la vida real, en la que el riesgo siempre existe-.
Lo dejo aquí. Creo que cualquiera que se dedique a profundizar en el valor educativo del juego reparará en la importancia de estas características y podrá ver también que el uso del juego como recurso didáctico en el aula, no tiene las mismas vitualidades educativas que posee en el mundo real, el de la familia y los hermanos.
Seguiremos…









