He visto a una persona hablando con otra, en un pasillo y… me he sorprendido viendo, por más que parecía un hecho fácil, superficial, que estaba cargado, denso, pleno de humanidad.
En ningún momento dejó, quien escuchaba, de mirar a la cara al que hablaba.
En ningún momento giró el cuerpo en ademán de cambio de rumbo, de prisa.
En repetidas ocasiones asintió con la cabeza…
Era un pecualiar ritmo de gesto y palabra que hacía fácil que le contaran, que le siguieran contando. Es obvio que estoy escribiendo un hecho que para mi es un deseo: no quiero aprender estrategias, obviamente; quiero aprender a tratar a todos como merecen… Y el verano es buen momento para ello.









