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June 4th, 2011 — Ética
Andaba pensando en estas cuestiones. Como siempre lo primero es explicitar algunas obviedades. Lo obvio suele pasar inadvertido al precipitado y quisiera no ser tal.
1. No somos “originariamente” justos. La justicia tiene carácter de fin a alcanzar, de mejora. No es una situación ya dada.
2. Lo originario son las relaciones intrafamiliares. Éstas se rigen por la lógica del don y la gratuidad. Propiamente estas relaciones no son éticas, sino anteriores a la ética misma.
3. La consistencia social tiene carácter problemático porque está vinculada a la libertad humana. La consistencia puede ser o no ser, puede ser mayor o menor.
4. Definamos consistencia social: es la intensidad de la vinculación entre las personas que forman parte de la misma comunidad social, vinculación de carácter personal y no meramente jurídico. Está regido por la justicia, pero no por el derecho positivo. Cuando toda vinculación tiene su fundamento en el derecho positivo, la consistencia social es pobre.
5. La consistencia social es una cuestión ética, no física ni biológica. Por tanto, depende de la comunidad cultural, fines y virtudes de los miembros de la comunidad social.
6. La consistencia social depende de la justicia y de la veracidad. El diálogo social-amistoso es la sustancia de la consistencia social.
Y por ahora no puedo contar más cosas. En cuanto tenga más obviedades sobre la mesa, las expondré someramente.
March 5th, 2011 — Ética
Esta frase de Spaemann creo que revela adecuadamente el sentido de toda acción moral.
Revisando algunas cuestiones relativas a la “ley natural”, he vuelto a descubrir cuáles son los principios de la razón práctica y cómo estos iluminan la verdad sobre el hombre, el mundo y Dios. Así, conciencia y ley natural, son dos temáticas que parecen marchar -al menos cuando lo estudio- siempre juntas y ambas no hacen si no apuntar a esa máxima que da título a este post: “hacer justicia a la realidad”. La primera realidad a la que hemos de hacer justicia es al hombre mismo. Creo que esto puede iluminar la conciencia y desvelar algunos principios de la razón práctica, la misma ley natural en sus principios más evidentes.
Un cordial saludo
January 17th, 2011 — Ética
Releía estos días un precioso libro de Spaemann, Ética: cuestiones fundamentales. En esta ocasión me he detenido en un asunto nada fácil: hay que seguir siempre la voz de la conciencia y la conciencia puede ser errónea. Ambas afirmaciones puestas así, una junto a la otra, puede causar perplejidad: ¿qué hacemos en tal caso?
Obvio, seguir la conciencia ¿Pero cómo saber que no es errónea? Lanzo algunas de sus propuestas:
1. El afán de romper con las normas sin mayor motivo que romper, es signo de capricho, no de actuación en conciencia.
2. El afán de seguir las normas por seguirlas es signo de poca reflexión.
3. El desprecio por el parecer de otros es signo de falta de rectitud de la conciencia.
4. En definitiva, sólo quien está dispuesto a contrastar razonablemente sus puntos de vista, da señales claras de querer salir de un posible estado de error. Quien no está dispuesto…. simplemente no quiere seguir la conciencia.
Entiendo que todo esto es bastante más complejo, pero puede servir para arrojar alguna luz.
Hasta pronto.
October 4th, 2010 — Antropología
Es algo reiterativo: no se entiende bien la expresión “el hombre, propiamente, no tiene instintos”. A pesar de señalarse que “propiamente”, en sentido lato, no preciso, genérico, etc. podría decirse que tiene inclinaciones, tendencias, pero no instintos “propiamente“.
Razones:
1. Defínase adecuadamente qué es un instinto: conducta compleja, innata, estereotipada, específica, que se desencadena indeliberadamente y se continúa hasta su consumación, orientado a la supervivencia del individuo y en último término de la especie. Son suficientemente distintos de los tropismos, taxias y reflejos.
2. Piénsese en autores tan variados como Zubiri, Uexkull, Rof Carballo, Polo, Tomás de Aquino, Leibniz… ningúno atribuiría, propiamente, instintos al hombre.
3. Considérese que la plasticidad de los instintos es mayor en las especies superiores; dado que el salto entre el animal y el hombre no es meramente cuantitativo… ¿no parece adecuado señalar que la modalidad de “instintos” del hombre es “cualitativamente diversa”?
4. Considérese que los procesos de “aprendizaje” de conductas instintivas son muy tempranos en el animal -piénsese en el troquelado-, y están dirigidos a consolidar conductas complejas, restringiendo con ello el ámbito perceptivo y los medios para alcanzar fines. En el hombre, los aprendizajes tempranos van ligados a dos ámbitos: el lenguaje y la técnica. Ninguno de ellos restringue ámbitos, sino que los amplía indefinidamente; es decir, siguen el camino inverso al del aprendizaje de conductas instintivas propia de los animales superiores.
En fin, esto era sólo un apunte.
May 31st, 2010 — "Sensamientos" puros
En el lenguaje ordinario, con frecuencia, suele calificarse como «inmadura» cualquier conducta inapropiada a la edad cronológica o papel de la persona. Aún cuando sea obvia la madurez de alguien, siempre es el recurso fácil para explicar el porqué de una incorrección o cierto desajuste.
Sin duda, aunque impreciso, hace referencia a la percepción de que una persona es sustancialmente alguien que crece; lo contrario sería atípico, impropio, inmoral o patológico. Ahora bien, por «madurez» ha de entenderse, en tal caso, no como algo que ocurre por el mero paso del tiempo, sino una peculiar cualidad de la persona fruto de la incorporación de aspectos que el simple paso del tiempo no aporta: sin educación la persona no madura.
En efecto, los educadores, abordamos específicamente el crecimiento de la persona, buscamos qué sea mejor, más acorde a sus rasgos específicos. La diferencia de cada quien es importante, y sin embargo pueden estudiarse aspectos que constituyen algo así como una esencia común: todos somos de la especie homo sapiens; todos somos personas humanas (ya sean varones ya mujeres).
Conviene señalar que, si bien es cierto que puede calificarse como inmadurez esa inadaptación, no podemos decir que todos son inmaduros porque todos realizan, en algún momento, acciones no acordes a su papel real en mundo. Parece más preciso señalar que la madurez es una disposición permanente, pero no infalible. Es una facilidad para el acierto en el saber, en el actuar, en el reaccionar. Ninguna de estas facetas es «un valor», sino una realidad en la persona: un hábito; no se trata de un deseo, utopía u horizonte; no es una simple tendencia.
February 16th, 2010 — Antropología
La antropología filosófica no es asunto fácil… al menos a mi me parece altamente compleja. Todo tiene que ver con lo humano. Sin embargo creo que hay algunas cuestiones que, sea cual sea el planteamiento general o el marco conceptual en el que se desarrolle el discurso, no han de olvidarse. Obviamente no creo que sea exhaustivo…
1. El hombre es un determinado tipo de ser vivo.
2. El hombre es biológicamente inviable al margen de la inteligencia. Nacemos prematuramente.
3. El hombre es radicalmente creciente, pero puede fracasar…
4. El hombre es radicalmente familiar.
5. El hombre es un ser personal.
Son sólo cinco afirmaciones, pero creo que sus implícitos son abundantísimos. No tenerlas en cuenta, en todo caso, daría lugar a antropologías, a mi juicio, “cojas”.
January 28th, 2010 — Antropología
En torno a la figura paterna -y a la paternidad misma- hay un encendido diálogo. Qué elementos son sustantivos o configuradores de su identidad y cuáles conforman el rol, por tanto está sometido a la diversidad cultural, es cuestión que está dilucidanto una amiga.
Pertendo llamar la atención sobre un asunto obvio -a juicio de Rof Carballo-:
Querámoslo o no, todo crecimiento sano, creativo -cada uno ha de crear la propia biografía-, para “amar y trabajar” -así sintetizaba Freud la felicidad humana-, es hombre ha de contar en su haber con una raíz vivificadora que es precisamente, la seguridad y el cuidado del amor maternal y la confianza en el orden paterno (Cfr. Rof Carballo, J., Violencia y Ternura, 292)
Hasta el extremo que la carencia de esas raíces lleva consigo la forja de personalidades llenas de sentimientos de culpa y de violencia; de ausencia de esperanza básica y de conformidad entre el devenir de los tiempos -la providencia- y la propia menesterosidad.
En una sociedad en la que cada persona carece de esa vinculación originaria se producen cuatro huidas:
1. La “huida de la libertad”, que hace que se prefiera la seguridad que da el conocimiento de un pequeño sector del mundo técnico frente al pensamiento meditante y reflexivo.
2. La “huida de la tierra”, con todo lo que esto significa: su nexo con el mundo matrialcal. Es el desarraigo hasta perder la vinculación con la Naturaleza.
3. La “huida de lo alto”, del “mundo paterno”, de toda instancia de autoridad sustituyéndola por el juego de la razón. En esa situación, el hombre deja de “escuchar el soplo iluminante y sobrecogedor que en decisivas ocasiones de su vida le viene de los cielos”.
4. La “huida del amor”. En efecto, nuestra sociedad descansa sobre el placer de comprar, sobre el intercambio de cosas. Una de sus expresiones más notorias es el auge y la exaltación del erotismo contemporáneo que llega a extremos obsesionantes.
Todo esto comporta la pérdida de la interioridad, del pensamiento libre.
Frente a eso, Rof describe el descubrimiento de lo numinoso, de lo sagrado, el aprendizaje de la reverencia, del respeto temeroso -en términos heideggerianos-, precisamente en ese mismo contexto familiar, en el que se da la protección materna y paterna -cada una con sus rasgos específicos-.
“Se declara con frecuencia, siguiendo la formulación de Heidegger, que el hombre está geworfene, arrojado, en la existencia. Es cierto, pero lo está a través de alguien. Ya vimos que el niño se abrigaba de su temor frente a lo desconocido en el regado de sus padres. Más adelante se le educa en el respeto a sus progenitores. Pero cuando se vuelve hombre, ha de sentir aquello que en la vinculación a sus padres lo une al mundo de la cultura y de la tradición y, a la vez, al misterio que rodea su existencia, en forma de temeroso respeto (…). Nosotros decimos veneración. En la veneración a los padres está el germen del respeto frente a lo numinoso. A través de los padres se encuentra el hombre vinculado con el misterio del origen, de su ser en el mundo. (…) esa veneración hacia sus lares paternos, que constituía una de las formas más elevadas de amor, puede convertirse en una de las raíces de su sentimiento religioso (…)” (Rof Carballo, J., Cerebro interno y mundo emocional, 338-339)
December 31st, 2009 — Antropología
Cerramos un año más. Sin duda he descubierto muchas cosas: el contacto con tantas gentes y tantos libros lo facilita. Sin embargo quisiera destacar la cuestión ecológica de nuevo; en efecto, ya le dediqué cuatro post durante los meses estivales.
Allí se señalaban, básicamente, cuatro aspectos:
1. Ecología, etomológicamente, “estudio de la casa del hombre”. El mundo como cosmos y por tanto como todo ordenado.
2. El mundo es para el hombre Don y Tarea.
3. La proximidad existente entre la connaturalidad ecológica y relativa a la ética y la estética.
4. El hombre no es una cosa entre las cosas, pero existe continuidad entre la lógica de las leyes naturales y la ley natural.
Un aspecto más me recordaban en una interesante conversación: la cultura que puede desarrollarse en torno al cuidado y respeto por la naturaleza tiende a ser SOBRIA. Los excesos, el consumismo, el utilitarismo, están lejos de la cultura ecológica.
Que la sobriedad es una virtud requiere poca argumentación. Sin embargo aportaré un brevísimo pensamiento: el no sobrio, el destemplado, es personaje cuya felicidad es tan efímera como la posibilidad misma de disfrute posesivo; a lo que ha de añadirse que la posesión misma es realidad que no depende sólo de sí. Implica una importante restricción de libertad la situación de dependencia de lo arbitrario. El destemplado tiene su felicidad pendiente de un hilo y además, ese hilo es caprichoso.
El sobrio, el templado, conoce sus necesidades, pero no pone en su satisfacción el fin de su existencia. Las conoce y señorea sobre ellas. El templado puede recibir puesto que no ansía; reconoce el sobrante de la realidad porque no es ser necesitante, sino sólo limitado. El templado puede atender a las personas, atiende a las personas porque la posesión de las cosas no agota su potencial vital. El templado no busca la ataraxia, sino lo más alto, reunir todas sus facultades -sus potencias- para un disfrute superior-.
Feliz Año Nuevo