En este sitio casi todo es serio: aunque en una ocasión hablamos de la risa, no incluí chistes… Sin embargo, creo que las circunstancias invitan a hacer una excepción (no explicaré las circunstancias para no ponerme seria).
Os dejo unos vídeos (sólo 3 minutos) para reír un poco.
Entre las evidencias que la clínica ha puesto de manifiesto, desde hace más de 70 años, se encuentra esta: el hombre necesita afecto para sobrevivir dignamente. En el hombre, ser engendrado, criado y educado constituyen un único proceso, una única realidad; su separación, la reducción de la paternidad y la maternidad a mera procreación no seguida de los cuidados que le son propios, es una aberración.
Cae por su propio peso que, entre el afecto materno-paterno y el resto de afectos posibles, media una diferencia notable. Cierto que ante un déficit es necesario poner algún tipo de remedio… pero será eso: un remedio. Y cómo no, el Estado es incapaz de poner afecto en la acción educativa. El Estado no es educador en modo alguno; mejor dicho, no debe serlo por ser contrario a la continuidad originaria de la acción generadora y por carecer de rostro humano -tendrá rostros delegados, pero fácilmente se convierten en mediadores del Estado… -
Pero no me detengo más en consideraciones… os dejo un vídeo en el que esa situación de “deprivación” llega a extremos insospechados. Las consecuencias son terribles y cualquiera que tenga algo de sensiblidad reaccionará: los padres deben querer. No es inmoral simplemente lo contrario, sino anti-natural. Es consustancial a la paternidad y la maternidad el cuidado, el amor diatrófico, la procura.
Si estar vivo es posee un impulso hacia el crecimiento, si vivir es crecer, ayudar a crecer será, entiendo, la acción más noble de un hombre respecto a otro hombre. En efecto, la mera yuxtaposición de existencias frustra el sentido del vivir coexistente, y éste es el único modo de existir -siendo hijos y siendo hermanos-. La coexistencia es nuestro modo de estar en el mundo, toda vez que “persona sola” es una falacia metafísica y una tristeza biográfica.
Vivir como “persona sola” es una falsedad en la que puede cada uno de nosotros instalarse, puesto que la libertad humana lleva implícito el sello del error -y del mal-. “Misterio de iniquidad” llamaba San Agustín a esta posibilidad; misterio, pero no por eso menos cierto, próximo, real, palpable. Hacer de los hombres individuos autosuficientes o individuos pendientes en su existencia de la colectividad abstracta, del Estado todopoderoso es una de las acción más perversas que el poder político puede realizar. La separación del hombre respecto a otro hombre a quien habría de reconocer como hijo y como hermano.
Dos son los modos de conducir hacia ese abismo al hombre: el secularismo y el laicismo. No son términos sinónimos. El primero significa la consideración “sólo terrestre”, “sólo del siglo”, “sólo material” de la existencia y la felicidad. La manifestación inmediata de ese vivir es el hedonismo y el materialismo. Es decir, la clausura del hombre en sí como sujeto de placer y en sí como sujeto del poseer material. Otra cosa es el laicimo. Allí la existencia del hombre quiere hacerse depender de sí misma por lo que percibe como amenzada toda realidad trascendente o significativa de trascendencia, de estabilidad racional no sujeta al propio arbitrio. Dios es el enemigo para el laicismo.
Cada hombre, para ser libre -dicen- ha de ser autónomo, también autosuficiente; y puesto que eso sólo es posible con ayuda, es el nuevo dios quien satisface esa necesidad, no el hombre-hijo, el hombre-hermano. Hijo y hermano son términos radicalmente relativos a la Paternidad. El hombre es ahora “hombre emancipado”. Es el dios-estado quien hace del hombre “hombre emancipado” y por lo mismo “hombre solitario”, ufano de su autonomía, de su falaz autonomía. El hombre está sólo frente a otro hombre, puesto que ya no poseen el mismo marco existencial -éste es ahora autónomo-, de origen y coexistencia. Ya no pueden hablar del origen y la coexistencia porque son realidades “autónomas”. El hombre se siente todopoderoso, cuando en realidad sólo algunos lo son: los que construyen la sociedad solitaria. Ya no hay cosmos, ya no hay orden, ya no hay un espacio del que nadie es dueño y en el que todos viven; un espacio y un orden al que todos puedan referirse como superior a todos y liberador de la tiranía de todos.
Si el secularismo sobrevive por somnolencia de los impulsos más nobles del hombre, ahogados por la tenencia y el disfrute presente -sólo presente-; el laicismo deviene por la beligerancia común a toda realidad que amenace su hegemonía. El orgullo laicista es vivido en la guerra, no en la paz. Los autónomos individuos convivientes tienen en común al “enemigo”; es esto lo que les hace no devorarse -porque la autonomía propia choca con la autonomía ajena, porque la convivencia laicista es falaz en sí misma y el respeto mutuo es sostenido a duras penas: ya no son hijos, no son hermanos, no hay autoridad paterna ni realidad externa a la que todos refieran el contenido de sus palabras-. Sin Padre, sin cosmos, cada individuo “siente” omnipotencia cuando otro le “construye”, cuando otro -el Estado- fabrica arbitrariamente la realidad social e individual. La acción constructora del Estado recuerda a cada hombre autónomo la onmipotencia del hombre poderoso -creyendo que es la propia-. El orgullo y el odio: esos son los conectivos de la sociedad laicista. No podemos hablar de ética -que de suyo no puede ser autónoma y compartida simultáneamente-. No podemos hablar de verdad -que de suyo no puede ser autónoma y compartida simultáneamente-. Ya no podemos hablar, sólo “sentir” orgullo y odio existiendo en coexistencia falaz.
Demasiados días sin decir nada en el blog: eso no es bueno para los hábitos intelectuales que, con este medio, quisiera cultivar. Sin embargo hay razones de peso -o de páginas-.
El curso pasado, con el fin de hacer más pensable el pensar filosófico del aula, inicié un blog con alumnos. La experiencia fue apasionante y un éxito tal que, al finalizar el cuatrimestre el blog salió publicado como libro: Diálogos sobre Antropología y Educación. Contienen todas esas cosas de las que no da tiempo a hablar en clase, esa idea que viene tras la conversación en el aula, la pregunta que el alumno no llega a formular o aquella que necesita una contestación más pausada. Es algo así como un desarrollo paralelo del temario, con la amenidad de una conversación. Si, me gusta cómo quedó.
Este año he repetido -sólo en cierta medida- la experiencia. Teníamos que estudiar filosofía de la educación y ética. Nada mejor que un par de libros y ¿por qué no escribir en un blog sobre cada uno de los capítulos? Así, más de 35 personas hemos leído simultáneamente dos libros -altamente recomendables: Ayudar a crecer de Leonardo Poloy Ética: cuestiones fundamentales de Robert Spaemann-. Resultado: tras tres meses de diálogo -cada semana introducía un nuevo capítulo y la cascada de comentarios era imponente-, y ya ha salido el libro con más de 550 páginas. Leer y escribir sobre un libro, leer los comentarios de los demás y hacerles apreciaciones… yo he disfrutado y los alumnos también. Y sé que han aprendido más, mucho más que otros años con el sistema autista de estudio y examen. El libro: Educar: diálogos sobre educación y ética.
Algo idéntico he hecho con otro grupo de alumnos, en este caso más reducido, de cuarto de carrera. Con ellos he leído Quién es el hombre, de Leonardo Polo, también. Hemos contado con algún invitado ilustre que se unió a la conversación. El libro de este segundo blog del año tiene algo más de 150 páginas. El título: Hablando sobre “Quién es el hombre”.
No soy amiga de “innovaciones pedagógicas modernas”, no soy amiga de reduplicar la didáctica de primaria con alumnos universitarios. La didáctica tiene como elemento fundante la psicología evolutiva y a los 18, 20 o 24 años… ya no estamos para jugar, sino para trabajar y además, con la zona superior: la inteligencia puede actuar sin necesidad de “manupular”: estamos a otro nivel. Sin embargo, esto no es “modernidad”, sino volver a la sustancia de la universidad en su edad de oro: las cuestiones disputadas, los papers, la correspondencia, los diálogos, los comentarios…. en fin, retomar, no olvidar.
Con esto pretendo animar a los que escriben y alentar a los profesores: esta gente joven es magnífica, sólo hay que ponerla en situación de hacer cosas grandes… y las hacen. Eso sí, no se puede tener miedo al trabajo, ni al esfuerzo.
Estos días, ante la contemplación de un Niño, se ha hecho más necesaria la reflexión en torno a la “caricia” y la “ternura”. He encontrado un texto precioso del que quería haceros partícipes. Es de Juan Rof Carballo, en Entre el silencio y la palabra -libro precioso, por cierto.
“El contacto cutáneo, la caricia, llena, pues, un doble sentido trascendente: el de, por un lado, delimitar nuestro ser, nuestro “esquema corporal”, confirmándolo en él por otra persona que protege; en segundo lugar, el de consolar al hombre de esa limitación que es su orgullo (la del ser individuo) de su contrapartida, la de estar solo en el mundo y ser perecedero, abocado a la muerte. Dice Kunz: “En todas las modalidades del ser confirmado -desde el leve contacto hasta el sublime saber de nuestra participación en la fama inmoral, pero de una manera inmediatísima y poderosísima, en el contacto corporal- experimenta el hombre, en su intimidad, la ruptura y superación de su estar solo, con lo cual se sacia quizá el más profundo sentido del tácito deseo de ternura de todo hombre. Con ello, la cariñosa caricia queda con la última y única posibildiad de quitar o aminorar en otro el angustioso tormento de la soledad e incluso el del dolor corporal, considerado éste como la pérdida de comunicación con los semejantes y, por tanto, como impotente reducción del ser a su pura exitencia momentánea”.
La piel -”lo más profundo del hombre”- es quien envuelve nuestra individualidad, y a la vez, la posibilidad del contacto amoroso con el prójimo que nos libra de la angustia del estar-solo-en-el-mundo (…) En la necesidad de ternura el niño aspira a experimentar ese contacto corporal en el que se documenta la presencia protectora y solícita de otro hombre”.
Es lógico que acariciemos a un niño; es lógico que demos la mano a un enfermo, a un necesitado; es lógico que demos un beso a quien queremos.
Escrito en 1980 y publicado en la Tercera de ABC. Acabo de encontrar este artículo de Rof Carballo y no he podido resistir la tentación de compartirlo. Hablar de Tedio, Aburrimiento, Admiración, Entusiasmo, Maestro, Genuino, Autoridad, Crecimiento… y todo con mesura y realismo, como quien es francamente culto y tiene toda una vida de investigación tras de si.
Hablaba con unos alumnos sobre una cuestión planteada por Leonardo Polo en Ayudar a crecer.
Hablamos de educación y del papel de los padres en la educación. Eso es una obviedad:
los padres son los primeros educadores, los padres son quienes dan soporte a la seguridad originaria del niño, los padres mal educados educan mal, los padres han de dedicar tiempo a los hijos, etc. etc. etc.
Sin embargo, no solemos enfrentarnos a otra obviedad: los niños necesitan la estabilidad del matrimonio. Si los padres mal educados educan mal, los padres que no saben quererse educan fatal.
Ahora paso a otro ámbito cultural: el de la poligamia.
En general la poligamia implica desestructuración por cuanto “ella” -habitualmente- no está en régimen de igualdad respecto a “él”. La poligamia lleva consigo la discriminación de la mujer: no hay reciprocidad. Eso es suficientemente importante como para no trivializarlo so capa de “alianza de civilizaciones”.
Sin embargo, no es la única dificultad. Otra tal vez más grave acompaña a la poligamia: desaparece del horizonte existencial el aprendizaje de la “totalidad y exclusividad” en la entrega personal. Y esto…. sí que es serio. Se trata de una posibilidad humana que quedará inédita. Lo más grande que el hombre posee, la capacidad de entrega en régimen de totalidad y exclusividad, desaparece del horizonte existencial del niño. Si en sus padres no se da… algo tan radical, casi no se puede aprender en ningún otro sitio, en ningún otro sitio se tiene tanta confianza como en la propia familia.
Pues bien, Polo llama “poligamia sucesiva” al divorcio. Imponente pero evidente.
Un padre o una madre, aunque estén divorciados, siempre comparten y compartirán un proyecto de tal intensidad, tan importante como es un hijo. En virtud del hijo -el fruto maduro de la entrega personal- el proyecto matrimonial es “imborrable”; de hecho, jurídicamente el padre siempre será padre y la madre, madre. El divorcio no puede anular la relación ontológica. Por tanto, si hay un nuevo vínculo, es “de hecho” poligamia, pues los proyectos anteriores siguen existiendo.
Puede ocurrir, pensará un frívolo, que en la poligamia sucesiva el varón y la mujer están en situación de igualdad: los dos pueden volver a comprometerse. Pero… el frívolo no cae en la cuenta de que lo que queda herido de muerte es “la entrega total y exclusiva”. Con razón pueden pensar los niños que eso es “una utopía”… porque no lo han visto en aquellos que deberían haberse querido tanto como para sostener la seguridad de su existencia. Si en ellos no se dio… será que es imposible.
En una sociedad en la que la poligamia sucesiva es el modo habitual, desaparece, se desdibuja la posibilidad de educar en orden al amor total y exclusivo…. es realmente serio… es peor que la desaparición del oso gris… es peor que el deshielo del polo norte…. es peor que los huecos en la capa de ozono… es la desaparición de un radical personal….
Cuando la civilicación occidental está en crisis, cuando los fundamentos de la propia cultura parecen tambalearse -y se tambalean de hecho- unos hombres se lanzan a lo esencial, intentan buscar lo permanente en ese todo cambiante e inestable. Y ese itinerario lo realizan a través de las palabras en una búsqueda incesante de la Palabra.
En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era “escatológica”. Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo.
Así las cosas, estos hombres hacen girar toda su existencia en torno a la Palabra. Sorprende que entiendan que la Palabra es más estable que el mundo mismo. Pero tal vez es que veían que en la Palabra habita la verdad.
Cuando el mundo propio es un lugar agreste y difícil, parece que el anhelo radical permanece y ese anhelo es, precisamente, aquello que no está bajo el poder despótico de ningún hombre. Bien, eso es el ser mismo y la verdad en la que el ser se patentiza.
Creo que por más que nuestra situación sea compleja, no siempre alcanzamos a escuchar con detenimiento lo que se despierta en el interior de todo hombre, esto es, el deseo de verdad, de certidumbres, de dimensiones de su existencia capaces de anclarse en la estabilidad fiable.
Cuando estamos rodeados de personas, de gentes, ¿qué podemos aportar? Palabra, Verdad, Lealtad.