Ayer estuve viendo esta joya en la exposición “Chaplin en imágenes”, organizada por Caixa Forum. Entre otros muchos documentos gráficos estaba este que os dejo.
¿De veras que alguien puede seguir dudando de la significatividad natural del cuerpo, más allá de la dimensión cultural y convencional de algunos signos gestuales? En otra ocasión escribiré con detalle sobre este asunto. Por hoy, insisto, disfrutad.
La existencia humana es por la compañía. En efecto, es el amor el principio de toda existencia -ya sea el amor de los padres, Dios lo quiera, ya el amor de quien es Fons et Origo-. Por eso, por el principio del existir mismo, hemos de afirmar que “la soledad no es humana”.
Pero tampoco el discurrir de la existencia lo es. El ámbito familiar es el lugar propio de la vida del hombre; también el social, el de las relaciones extra-familiares.
Ahora bien, uno y otro acontecimiento -el empezar a existir y el sostenernos en la existencia digna- son posibles por la palabra.
Cuando dicen algunos que “las palabras se las lleva el viento”, tiendo a pensar que no saben qué es la palabra, la palabra humana y, mucho menos, la Palabra Divina.
Atendamos a tres realidades inmediatas del existir humano en el que la palabra, no sólo no es llevada por el viento, sino que posee “eficacia”. Me refiero al consuelo, al perdón y al compromiso.
El consuelo es palabra capaz de mitigar el sufrimiento que, según algunos, es solitario por antonomasia… y no lo es. Precisamente en su radical negativo es solitario -y desconsolado, por tanto-. En su valor positivo el sufrimiento es el lugar donde se encuentran intimidades: una sufre, otra consuela.
El perdón: pedir perdón es acto verbal. Perdonar es acto verbal. Es inimaginable lo que puede llegar a suponer, en una biografía como la tuya o la mía, el ejercicio del perdón: el pedir perdón y el perdonar. Realmente la narración de la propia existencia será radicalmente diversa atendiendo a la escueta y eficacísima palabra “perdón”.
¿Qué decir el compromiso? Si. El transcurso vital se construye por el entramado de compromisos, de lealtades, de relaciones que llegan a decir, incluso “quién soy”. El “yo” solitario no tiene nombre. El nombre nos fue puesto y los apellidos nos son dados. El reconocimiento de esta aplastante realidad es la aceptación de un compromiso originario de dependencia y gratitud. El nombre: Palabra.
Habla Ratzinger de la existencia de aquellos que se consagraban a “quaerere Deum”, y lo hacían a través de la Palabra en la que Él mismo se ha hecho camino. ¿Mayor eficacia de la Palabra?
Se trata de un texto con belleza y profundidad suficientes para ser leído en directo y, si se puede, visto y oído. Por eso, en este primer post os lo dejo “tal cual” -a partir del minuto 9 comienza a hablar el Santo Padre-.
Más adelante comentaré algunas cosas. Baste por ahora subrayar que la Palabra es un don, que la cultura en la que vivimos, que toda nuestra civilización, tiene su fundamento en la virtud de la Palabra, que hizo de las últimas preguntas un lugar de racionalidad, no de barbarie. Es la civilización en la que la esperanza tiene espacio para vivir, porque “más allá” no hay oscuridad, sino luz; luz para la inteligencia y calor para el corazón.
Lo único radicalmente nuevo en la historia es la persona, cada persona.
La música es el arte sublime -tal vez porque su expresión y deleite llena, roba, el tiempo: solo puede ser disfrutado en el tiempo por el arte exigido-.
Os dejo dos obras maestras del virtuosismo: el “Zapateado” de Pablo Sarasate. La misma obra -novedad de Sarasate- interpretada por dos excelentes violinistas -novedad de la interpretación. Me sobrecoge la diferencia en la interpretación y la identidad de la obra.
Sigo con ese asunto “el vivir”, ahora mirado desde un prisma particular y muy necesario: el orden. En efecto, vivir es ser y obrar, no sólo ser. Ahora bien, el obrar procede del ser de tal o cual modo. Obrar es algo reglado, ordenado, nunca arbitrario. Lo específico del ser vivo es ser de tal modo que se sea capaz de automoción, es decir, que el orden que poseen las partes -partes diversas, heterogéneas pero relacionadas de modo orgánico- hace al sujeto vivo capaz de nuevos órdenes, nuevas disposiciones.
Esta brevísima explicación, vista causalmente, significa que la causa formal es condición para la causa eficiente y que la eficiencia posee fin, prefigurado ya en la forma. Pero no seguiré por esos derroteros.
Esto viene al caso por un hecho habitual y no or eso menos sorprendente: el horror al orden, a la puntualidad, al cuidado en la disposición espacial y temporal. ¿No ven que es contrario al vivir?
No significa vivir aburrimiento, sino novedad; pero la novedad más alta no es la irracional, sino la que puede prefigurarse intelectualmente, la razonable… si me apuran… la verbalizable. A la persona VIVAZ se la quiere más cuando se la puede acompañar y por tanto cuando su vivir no es un puro sobresalto, sino que indica cuál será el siguiente movimiento por ser armónico con el anterior; es más, cuando sus movimientos se dirigen a fines altos, de suerte que hay muchos fines parciales orgánicos unos respecto a otros.
En definitiva, la persona “espasmódica” en su vivir… vive poco y su vivir se asemeja a la existencia inorgánica, en la que los factores externos determinan sus movimientos; por ese motivo no es exigible una lógica interna a los cambios que otros causan.
De ahí el “amor metafísico” que le tengo a la vida ordinaria: es una gran vida, la mejor vida.
Hace unos meses escribí dos post sobre “los modos de querer”. En el primero explicaba qué significa que querer sea “desear” y “decidir”; en el segundo hablamos de “dominar”, “crear” y “amar”. Cada uno de esos modos de querer convienen a la relación interpersonal. Sin embargo, el “amor” lo hace especialmente puesto que no se refiere al yo, sino al tú de modo preeminente.
En el deseo es posible quedar prendado del objeto de deseo en cuanto puede ser poseído por mi, de suerte que puede ser tenido al otro como medio. La decisión mira al propio yo puesto que éste se implica. El dominio hace también referencia al que quiere más que a lo querido, al igual que la creación. Sin embargo, en el AMAR todo es afirmación del otro.
Entre todos los amores hay uno que se refiere a la totalidad del otro y lo hace con la totalidad del propio ser. Cuando decimos totalidad nos referimos al espacio y al tiempo, a toda la existencia. Totalidad y exclusividad con capacidad inherente de crecimiento en el ámbito más profundo: la persona. Es decir, totalidad y exclusividad en la afirmación del otro y de mi propia existencia en esa afirmación, de suerte que ambos podamos seguir creciendo del modo más alto posible: el amor a una persona nueva, el hijo.
Bien, así las cosas, parece que, entre los modos de querer el “amor” es el más alto y, entre los amores, el conyugal es, a su vez, el más alto -si no hacemos referencia a la relación interpersonal posible entre el Creador y la criatura, en la que también es posible totalidad y exclusividad-.
Este ha sido otros de los temas tratados durante el verano; bien es cierto que, por lo interesante, importante e ingente número de implicaciones podría ser objeto de horas y horas de exposición, discusión, etc.
Puesto que, como es habitual, voy corriendo sobre el teclado, dejaré algunas anotaciones relativas al punto más destacado: por qué es tan, tan problemática la cuestión de la multiculturalidad, toda vez que el contacto entre culturas siempre ha existido.
1. El contacto entre culturas siempre ha existido y, por exigencias de humanidad, el contacto implica siempre modificación: ignorar al otro es inhumano, hablarle es influirle.
2. El contacto-diálogo entre culturas es posible sólo si poseen parámetros análogos: es decir, si los ejes metaculturales tienen alguna similitud.
3. El eje sobre el que gira cualquier cultura es su CULTO. es decir, el conjunto de valores sobre los que gira la entera existencia, de suerte que en toda cultura exite un ámbito sagrado que da su especial tonalidad al resto de las instituciones culturales.
4. En la historia general de las culturas sólo ha habido una en la que su núcleo no es lo sagrado, sino la negación de toda sacralidad. Si, es la nuestra…
5. No parece posible el diálogo entre culturas en las que el esquema último de una de ellas implica la negación, no de las particularidades de la otra, sino de su relevancia existencial: es decir, si una de ellas consiste en negar todo valor a la otra.
En fin, que nuestro contexto laicista -no laico, obviamente, porque laico es el no clérigo-, es una auténtica dificultad para acoger dignamente a cultura alguna. Toda cultura no laicista es amenaza y, puesto que la cultura por antonomasia en occidente es la cristiana, se generan situaciones anómalas de negación de valor y de derecho a existir y para ello se exaltan, ilógicamente, religiones que no pertenecen a nuestro contexto.
Entiendo que esto es sólo una mínima gota de agua en un océano de dificultades. La crítica al etnocentrismo cultural, el relativismo etc. tendrán que ser tratados en otro momento.
La década de los 90 o ”década del cerebro”: ese es el lugar al que quiero dirigir la mirada. Ya desde los 60 la investigación neurológica experimentaba avances increíbles, pero en los 90, las técnicas de neuroimagen hicieron a muchos pensar que podría conocerse dónde, cómo y lo que es más llamativo, por qué actuamos del modo cómo lo hacemos. Cuando decidimos se activan unas zonas del cerebro, cuando impera lo onírico, cuando deseamos un helado.. se puede ver casi todo. Fruto de estos avances hay quien, tras leer la divulgación que de estos avances se realiza, termina pensando o medio-pensando que todo es, al fin y al cabo, cuestión de neuronas y reacciones químicas.
Simultáneamente, estamos en época de exaltación de la libertad, de exigencias de responsabilidad, de deseos de autonomía e independencia personales….
Pues bien, ambas tesis son contrarias:
o la conducta humana es fruto de la determinación neurológica,
o la conducta humana se compone de verdaderos “actos humanos”, es decir, de actos libres cuya última razón supera la necesidad material.
Argumentos frente al neurodeterminismo hay muchos. Una de las líneas argumentales discurre de la mano de la demostración de la espiritualidad de las facultades superiores: la inteligencia y la voluntad. Otra línea es más intuitiva, tal vez, y hace referencia al modo de estar el hombre en el mundo y enfrentarse a los problemas. Ambas cuestiones las tratamos con detalle en clase. Aquí tal vez salgan brevemente en otro post.