Andaba pensando en estas cuestiones. Como siempre lo primero es explicitar algunas obviedades. Lo obvio suele pasar inadvertido al precipitado y quisiera no ser tal.
1. No somos “originariamente” justos. La justicia tiene carácter de fin a alcanzar, de mejora. No es una situación ya dada.
2. Lo originario son las relaciones intrafamiliares. Éstas se rigen por la lógica del don y la gratuidad. Propiamente estas relaciones no son éticas, sino anteriores a la ética misma.
3. La consistencia social tiene carácter problemático porque está vinculada a la libertad humana. La consistencia puede ser o no ser, puede ser mayor o menor.
4. Definamos consistencia social: es la intensidad de la vinculación entre las personas que forman parte de la misma comunidad social, vinculación de carácter personal y no meramente jurídico. Está regido por la justicia, pero no por el derecho positivo. Cuando toda vinculación tiene su fundamento en el derecho positivo, la consistencia social es pobre.
5. La consistencia social es una cuestión ética, no física ni biológica. Por tanto, depende de la comunidad cultural, fines y virtudes de los miembros de la comunidad social.
6. La consistencia social depende de la justicia y de la veracidad. El diálogo social-amistoso es la sustancia de la consistencia social.
Y por ahora no puedo contar más cosas. En cuanto tenga más obviedades sobre la mesa, las expondré someramente.
Esta frase de Spaemann creo que revela adecuadamente el sentido de toda acción moral.
Revisando algunas cuestiones relativas a la “ley natural”, he vuelto a descubrir cuáles son los principios de la razón práctica y cómo estos iluminan la verdad sobre el hombre, el mundo y Dios. Así, conciencia y ley natural, son dos temáticas que parecen marchar -al menos cuando lo estudio- siempre juntas y ambas no hacen si no apuntar a esa máxima que da título a este post: “hacer justicia a la realidad”. La primera realidad a la que hemos de hacer justicia es al hombre mismo. Creo que esto puede iluminar la conciencia y desvelar algunos principios de la razón práctica, la misma ley natural en sus principios más evidentes.
Un cordial saludo
Releía estos días un precioso libro de Spaemann, Ética: cuestiones fundamentales. En esta ocasión me he detenido en un asunto nada fácil: hay que seguir siempre la voz de la conciencia y la conciencia puede ser errónea. Ambas afirmaciones puestas así, una junto a la otra, puede causar perplejidad: ¿qué hacemos en tal caso?
Obvio, seguir la conciencia ¿Pero cómo saber que no es errónea? Lanzo algunas de sus propuestas:
1. El afán de romper con las normas sin mayor motivo que romper, es signo de capricho, no de actuación en conciencia.
2. El afán de seguir las normas por seguirlas es signo de poca reflexión.
3. El desprecio por el parecer de otros es signo de falta de rectitud de la conciencia.
4. En definitiva, sólo quien está dispuesto a contrastar razonablemente sus puntos de vista, da señales claras de querer salir de un posible estado de error. Quien no está dispuesto…. simplemente no quiere seguir la conciencia.
Entiendo que todo esto es bastante más complejo, pero puede servir para arrojar alguna luz.
En su día argumenté que la única respuesta inmoral en cosa tan importante como el aborto es afirmar “cada uno haga lo que quiera“. Puesto que lo que está en cuestión es si se trata de un asesinato o de la extirpación de unos tejidos, dejar que unos piensen una cosa y otros otra es absurdo. Si se tiene algún aprecio a la verdad, lo único que no puede hacerse es dejar de pensar.
Dimos un paso inmenso con la declaración de Aido “es un ser vivo”. Esa afirmación es de trascendental importancia científica. Si es un ser vivo es necesario afirmar que pertenece a alguna especie. Si podemos afirmar que un embrión es un ser vivo, podemos afirmar que pertenece a alguna especie, puesto que todo ser vivo, desde el mismo instante en el que empieza a existir, siempre pertenece a alguna especie. Es obvio que la genética es quien dice a qué especie pertecene cada ser vivo. Y no es difícil averigurar que el embrión situado en el seno de una mujer, fruto de la unión de un óvulo y un espermatozoide es un ser vivo de la especie humana.
Es absurdo afirmar que se trata de un ser vivo de otra especie por dos motivos: la genética tiene argumentos sobrados para negarlo y, ningún ser vivo cambia de especie al “engordar”. El desarrollo no conlleva cambio de especie, sino crecimiento.
Ahora bien, ¿alguien se atreverá a negar que un ser vivo de la especie humana no es un hombre?
El argumento de la dependencia materna es insostenible. Un embrión, un feto o un recién nacido son absolutamente dependientes. Eso es una cuestión tan absolutamente evidente que no requiere argumentación alguna. El hecho de que una incuvadora pueda sostener la vida de un recién nacido prematuro no indica que éste sea independiente, sino tan sólo que la ciencia puede reproducir las condiciones intrauterinas hasta cierto punto. En todo caso, el momento a partir del cual una máquina puede sostener la vida de un niño es algo absolutamente cambiante… la ciencia sigue avanzando.
Resulta complejo argumentar lo que es sumamente simple. También resulta difícil argumentar cuando no se quiere pensar. Resulta complejo argumentar cuando alguien considera que pensar pueda restarle libertad… La libertad del ignorante… Pero no, si ignoramos decidiremos con criterios impuestos por otros, porque nadie es una isla en un océano. Si dejamos de pensar, alguien pensará por nosotros.
Obviamente yo no quiero pensar “por” nadie, sino pensar “con” cada uno. La palabra pretende abrir horizontes, hacer pensable la realidad misma, no sustituirla.
El desarrollo personal es imposible al margen de las relaciones interpersonales. Habitualmente se dice que el hombre es “social por naturaleza”. Sin embargo, la consistencia social, la fortaleza de los nexos sociales no está asegurada, es decir, el hombre debe empeñarse en forjarlos y sostenerlos, en acrecentarlos.
Pues bien, “la caridad en la verdad es la fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad”. Esa es la cuestión que más llama la atención del texto de Ratzinger -de Benedicto XVI- que venía leyendo. Las relaciones de intercambio -doy para que me des- o las de obligación -doy por deber- son insuficientes. Las relaciones interpersonales exigen “dar” no sólo “lo suyo” sino “darme a mi mismo”, como condición necesaria para el desarrollo de cada persona y de todas las personas.
¿Qué sería de la educación si el maestro tan sólo cumpliese con la obligación derivada de su contrato? ¿Acaso pagan al maestro por sonreir? ¿Qué sería de un maestro que no sonriera, que no diera las gracias, que no mostrara la verdad que orienta su existencia? ¿Qué sería de la educación si el maestro no pensara más en el alumno que en él mismo y las relaciones de “estricta justicia” que le vinculan al niño y su familia?
Ahora bien, la caridad no se reconoce si se desvincula de la verdad. Ésta quedaría restringida a acciones marginales, a sentimentalismo y, en último término, a acciones cargadas de arbitrariedad y por tanto de egoísmo. Sólo con la verdad que rescata los hombres de las opiniones subjetivas, la caridad puede ser comprendida y comunicada. La verdad sobre el hombre que supera toda moda cultural, llena de contenido la caridad y hace de ella un ingrediente necesario en el establecimiento de relaciones interpersonales.
Por otro lado, la verdad sin caridad dejaría a ésta sin fuerza para impregnar la vida. La verdad sin caridad no es vida, es sólo palabrería que no se vincula al bien de las personas, de cada persona y de todas las personas.
La caridad en la verdad lleva a superar la mera justicia -sin desvirtuarla, sino llenándola de la infinita dignidad de cada hombre-, y a buscar el bien común: el bien de cada hombre y de todos los hombres.
¿Cuál es el riesgo? El desprecio de la verdad, la ignorancia de la verdad. El hombre quedaría al albur de otro hombre si no se “reconociera” su verdad. Los derecho inalienables que no son propiedad de nadie.
Buscaba alguna canción de Mercedes Sosa, recientemente fallecida, y encontré esta de Julio Numhauser. Canción de protesta y revolución, con un fondo, a mi juicio terrible. Cambia, todo cambia. “Cambia el sentir el amante… lo que no cambió ayer, tendrá que cambiar mañana…”.
Me ha sorprendido porque la clave del descubrimiento filosófico es el de la constancia, la permanencia. Hay algo que se corresponde con la permanencia, el nous. En la intelección se producce una “detención”. El acto de inteligir es lo estable correlativo a lo estable en la realidad: lo ente. Si hay conocimiento, si hay intelección, algo supera el tiempo o, no todo es corroído por el tiempo. Hasta aquí toda la tradición filosófica occidental.
Lo increíble es que la canción que aparece en el vídeo es su antítesis: todo cambia. Podría ser el paradigma del relativismo absoluto…. Pero está lleno de falacias. Acude a los ejemplos tomados de la naturaleza en muchos casos… pero no se da cuenta de que se trata de realidades que asombran en su constancia, puesto que se trata de cambios reglados. Lo asombroso de los cambios que narra es su carácter ordenado. Podemos cantar sobre el cambio porque éste no es absoluto. La modificación caótica, la ausencia de norma, de regla, no puede cantarse… no hay nada que decir. El cambio es algo sumamente preciso y, en cuanto inteligible -cantable- con realidad estable. La falacia es que la ley universal expresada es contradictoria consigo misma.
“Todo cambia”…. menos esta sentencia.
También puede interpretarse como la canción que señala la lógica necesaria de la historia: el marxismo puro.
Esto es algo de lo que me ha sugerido… seguro que a vosotros os trae muchas más cosas a la mente: ¿No es nacionalismo, populismo? ¿No es colectivista en el planteamiento? ¿Lo que perdura es lo social?
El título propuesto es reiterativo, pero tal vez convenga puesto que se nos puede olvidar que el vivir es siempre “con”. Originariamente somos seres acompañados y el vivir discurre siempre en compañía. De ahí la importancia de conocer el “arte del vivir con”. La cuestión es si consideramos esto como elemento positivo o como limitación del existir.
En efecto, nacemos en compañía y sobrevivimos por la compañía. Pero ¿crecemos hacia la compañía? Hay quien tiene como fin vital la autonomía, la independencia…. es evidente que supone una desavenencia respecto a nuestra verdad más radical.
El “arte del vivir con” tiene condiciones de posibilidad que es, precisamente, lo que ha de ser cultivado -según entiendo-. Esas condiciones de posibilidad son dos:
1. Tratar siempre a los otros como fin y nunca como medio.
2. Ser personas fiables, esto es, veraces.
Comprendo que lo dicho hasta aquí es algo telegráfico, pero tan sólo quería dejar constancia de la evidencia, no desarrollar un argumento en torno a la sociablidad humana. Eso tendrá que ser en otro momento.
Estuve en el Puerto de la Quesera y subí más allá de la Buitrera, cumbreando (aquí podeis ver una preciosa panorámica). Y una reflexión surgió sola: la connaturalidad con la naturaleza, con la realidad del mundo natural, la casa del hombre que nos ha sido dada y que heredará la siguiente generación, es incompatible con la cultura del “feismo”. Tal vez sea una de las razones que hacen urgente desarrollar en muchos -en todos- esa sensibilidad.
Por otro lado, me contaron en una ocasión que la incapacidad para “sentir” horror ante el horror era una aberración ética; es decir, se trata de la situación en la que algunos pueden llegar a instalarse, en la que el hombre ya no tiene resorte alguno para repudiar lo inhumano. Esa capacidad de “sentir” es el rescoldo último del sentido de lo ético en todo hombre -obviamente el ejemplo prototípico es el holocausto nazi, pero muchas violencias de nuestro mundo actual deberían hacernos “sentir” horror…-
En sentido inverso podríamos decir que el desarrollo del sentido estético-natural, la capacidad de conmoverse ante la grandeza de la naturaleza es cauce y tal vez condición, para poder desarrollar el sentido ético necesario para adherirse a lo noble y repeler lo bárbaro.