Entre las evidencias que la clínica ha puesto de manifiesto, desde hace más de 70 años, se encuentra esta: el hombre necesita afecto para sobrevivir dignamente. En el hombre, ser engendrado, criado y educado constituyen un único proceso, una única realidad; su separación, la reducción de la paternidad y la maternidad a mera procreación no seguida de los cuidados que le son propios, es una aberración.
Cae por su propio peso que, entre el afecto materno-paterno y el resto de afectos posibles, media una diferencia notable. Cierto que ante un déficit es necesario poner algún tipo de remedio… pero será eso: un remedio. Y cómo no, el Estado es incapaz de poner afecto en la acción educativa. El Estado no es educador en modo alguno; mejor dicho, no debe serlo por ser contrario a la continuidad originaria de la acción generadora y por carecer de rostro humano -tendrá rostros delegados, pero fácilmente se convierten en mediadores del Estado… -
Pero no me detengo más en consideraciones… os dejo un vídeo en el que esa situación de “deprivación” llega a extremos insospechados. Las consecuencias son terribles y cualquiera que tenga algo de sensiblidad reaccionará: los padres deben querer. No es inmoral simplemente lo contrario, sino anti-natural. Es consustancial a la paternidad y la maternidad el cuidado, el amor diatrófico, la procura.
No creo que la Naturaleza sea una persona con intencionalidad consciente, pero no deja por eso de tener sentido, teleología interna, lógica en su discurrir. Obviamente es necesario preguntarse por el origen de esa racionalidad que supera la inventiva humana, pero no es eso lo que quería tratar en este post.
Leyendo un texto de Rof Carballo me sorprendía. Ante la inminente aprobación de una bárbara ley del aborto pensaba en los niños y en las madres. La sabiduría de la naturaleza ha hecho que madre y niño formen parte de un único entramado que configura a ambos. Cuando se habla de “interrupción del embarazo” no se quiere atender a un hecho palmario: hablar de embarazo sin hablar de un niño es forzar las palabras hasta hacerlas falsas. Hemos de hablar de niño y de madre, no sólo de mujer. Una mujer embarazada es una madre. ¡¡A qué esa aversión a la maternidad!!
No sólo se habla de la maternidad -misterio insondable- sino también de otros encuentros humanos enraizados en los más somático y que se extienden a lo más sublime. Sin embargo en la maravillosa armonía madre-hijo se detuvo mi atendión. Bien, sin más preámbulos cito el texto de Rof:
“Nadie pone en duda que el «reflejo de succión» que va a permitr que la boca infantil se agarre al pezón materno o a la tetina del biberón no están registrados en el caudal genético, en las espiras de DNA, como un «reflejo congénito». Lo que sí empieza a producir extrañeza es pensar que también está en los genes preparada o anticipada, en cierto modo, la interveción materna. A nadie puede sorprende que se diga que el lenguaje humano está, en esbozo al menos, en potencia, registrado en el plasma germinal del hombre, lo mismo que lo está la estructura de la zona del lenguaje o su laringe. Pero sí sorprendería la afirmación de que con ello está anticipada en los genes, la misión del maestro o del pedagogo” (Rof Carballo, El hombre como encuentro, 48)
Si estar vivo es posee un impulso hacia el crecimiento, si vivir es crecer, ayudar a crecer será, entiendo, la acción más noble de un hombre respecto a otro hombre. En efecto, la mera yuxtaposición de existencias frustra el sentido del vivir coexistente, y éste es el único modo de existir -siendo hijos y siendo hermanos-. La coexistencia es nuestro modo de estar en el mundo, toda vez que “persona sola” es una falacia metafísica y una tristeza biográfica.
Vivir como “persona sola” es una falsedad en la que puede cada uno de nosotros instalarse, puesto que la libertad humana lleva implícito el sello del error -y del mal-. “Misterio de iniquidad” llamaba San Agustín a esta posibilidad; misterio, pero no por eso menos cierto, próximo, real, palpable. Hacer de los hombres individuos autosuficientes o individuos pendientes en su existencia de la colectividad abstracta, del Estado todopoderoso es una de las acción más perversas que el poder político puede realizar. La separación del hombre respecto a otro hombre a quien habría de reconocer como hijo y como hermano.
Dos son los modos de conducir hacia ese abismo al hombre: el secularismo y el laicismo. No son términos sinónimos. El primero significa la consideración “sólo terrestre”, “sólo del siglo”, “sólo material” de la existencia y la felicidad. La manifestación inmediata de ese vivir es el hedonismo y el materialismo. Es decir, la clausura del hombre en sí como sujeto de placer y en sí como sujeto del poseer material. Otra cosa es el laicimo. Allí la existencia del hombre quiere hacerse depender de sí misma por lo que percibe como amenzada toda realidad trascendente o significativa de trascendencia, de estabilidad racional no sujeta al propio arbitrio. Dios es el enemigo para el laicismo.
Cada hombre, para ser libre -dicen- ha de ser autónomo, también autosuficiente; y puesto que eso sólo es posible con ayuda, es el nuevo dios quien satisface esa necesidad, no el hombre-hijo, el hombre-hermano. Hijo y hermano son términos radicalmente relativos a la Paternidad. El hombre es ahora “hombre emancipado”. Es el dios-estado quien hace del hombre “hombre emancipado” y por lo mismo “hombre solitario”, ufano de su autonomía, de su falaz autonomía. El hombre está sólo frente a otro hombre, puesto que ya no poseen el mismo marco existencial -éste es ahora autónomo-, de origen y coexistencia. Ya no pueden hablar del origen y la coexistencia porque son realidades “autónomas”. El hombre se siente todopoderoso, cuando en realidad sólo algunos lo son: los que construyen la sociedad solitaria. Ya no hay cosmos, ya no hay orden, ya no hay un espacio del que nadie es dueño y en el que todos viven; un espacio y un orden al que todos puedan referirse como superior a todos y liberador de la tiranía de todos.
Si el secularismo sobrevive por somnolencia de los impulsos más nobles del hombre, ahogados por la tenencia y el disfrute presente -sólo presente-; el laicismo deviene por la beligerancia común a toda realidad que amenace su hegemonía. El orgullo laicista es vivido en la guerra, no en la paz. Los autónomos individuos convivientes tienen en común al “enemigo”; es esto lo que les hace no devorarse -porque la autonomía propia choca con la autonomía ajena, porque la convivencia laicista es falaz en sí misma y el respeto mutuo es sostenido a duras penas: ya no son hijos, no son hermanos, no hay autoridad paterna ni realidad externa a la que todos refieran el contenido de sus palabras-. Sin Padre, sin cosmos, cada individuo “siente” omnipotencia cuando otro le “construye”, cuando otro -el Estado- fabrica arbitrariamente la realidad social e individual. La acción constructora del Estado recuerda a cada hombre autónomo la onmipotencia del hombre poderoso -creyendo que es la propia-. El orgullo y el odio: esos son los conectivos de la sociedad laicista. No podemos hablar de ética -que de suyo no puede ser autónoma y compartida simultáneamente-. No podemos hablar de verdad -que de suyo no puede ser autónoma y compartida simultáneamente-. Ya no podemos hablar, sólo “sentir” orgullo y odio existiendo en coexistencia falaz.
En este sitio no suelo hacer anotaciones de carácter periodístico, referidas a acontecimientos del día a día, pero en este caso no he podido evitarlo. Sencillamente no hay razón alguna que justifique el terrorismo. Sólo los que carecen de racionalidad, en un ámbito de racionalidad, han de acudir a la fuerza.
El declinar de la razón tiene lugar en dos contextos: el relativista y el sentimental-romántico.
El que afirma que no hay verdad alguna, que todo depende del contexto y el consenso.
El que afirma que sus “sentimientos” son lo último a lo que puede apelarse, sean éstos sentimientos patrios o ideológicos.
Es evidente que sólo algunos consideran que aún puede hablarse -por más que se hable de diálogo por esos mismos-.
Se habla si ambas partes tienen la profunda convicción de poder llegar a un lugar de entendimiento en el que no prime la ley del más fuerte -típico del relativismo- ni tampoco posea como último lugar de referencia sus propios sentimientos, esos que no pueden argumentarse porque los otros “no pueden comprenderlo”. Sólo si podemos referirnos a una verdad sobre el hombre y una justicia accesible a la razón es posible dialogar. Sólo si hay referentes “absolutos”, no dependientes de la voluntad de ninguna de las partes, es posible el diálogo. No cambiamos nuestros argumentos más que si encontramos otros, no modificamos nuestra valoración de las cosas más que cuando sabemos que hay Verdad más allá de Mi verdad, y cuando la primera me interesa más que la segunda. Dialogar no es “exponerse a ser vencido”, sino buscar una verdad mejor, una solución más justa.
Y… esto no es utópico, es sólo distinto al contexto moral en el que viven muchos y en el que vive la política imperante.
Demasiados días sin decir nada en el blog: eso no es bueno para los hábitos intelectuales que, con este medio, quisiera cultivar. Sin embargo hay razones de peso -o de páginas-.
El curso pasado, con el fin de hacer más pensable el pensar filosófico del aula, inicié un blog con alumnos. La experiencia fue apasionante y un éxito tal que, al finalizar el cuatrimestre el blog salió publicado como libro: Diálogos sobre Antropología y Educación. Contienen todas esas cosas de las que no da tiempo a hablar en clase, esa idea que viene tras la conversación en el aula, la pregunta que el alumno no llega a formular o aquella que necesita una contestación más pausada. Es algo así como un desarrollo paralelo del temario, con la amenidad de una conversación. Si, me gusta cómo quedó.
Este año he repetido -sólo en cierta medida- la experiencia. Teníamos que estudiar filosofía de la educación y ética. Nada mejor que un par de libros y ¿por qué no escribir en un blog sobre cada uno de los capítulos? Así, más de 35 personas hemos leído simultáneamente dos libros -altamente recomendables: Ayudar a crecer de Leonardo Poloy Ética: cuestiones fundamentales de Robert Spaemann-. Resultado: tras tres meses de diálogo -cada semana introducía un nuevo capítulo y la cascada de comentarios era imponente-, y ya ha salido el libro con más de 550 páginas. Leer y escribir sobre un libro, leer los comentarios de los demás y hacerles apreciaciones… yo he disfrutado y los alumnos también. Y sé que han aprendido más, mucho más que otros años con el sistema autista de estudio y examen. El libro: Educar: diálogos sobre educación y ética.
Algo idéntico he hecho con otro grupo de alumnos, en este caso más reducido, de cuarto de carrera. Con ellos he leído Quién es el hombre, de Leonardo Polo, también. Hemos contado con algún invitado ilustre que se unió a la conversación. El libro de este segundo blog del año tiene algo más de 150 páginas. El título: Hablando sobre “Quién es el hombre”.
No soy amiga de “innovaciones pedagógicas modernas”, no soy amiga de reduplicar la didáctica de primaria con alumnos universitarios. La didáctica tiene como elemento fundante la psicología evolutiva y a los 18, 20 o 24 años… ya no estamos para jugar, sino para trabajar y además, con la zona superior: la inteligencia puede actuar sin necesidad de “manupular”: estamos a otro nivel. Sin embargo, esto no es “modernidad”, sino volver a la sustancia de la universidad en su edad de oro: las cuestiones disputadas, los papers, la correspondencia, los diálogos, los comentarios…. en fin, retomar, no olvidar.
Con esto pretendo animar a los que escriben y alentar a los profesores: esta gente joven es magnífica, sólo hay que ponerla en situación de hacer cosas grandes… y las hacen. Eso sí, no se puede tener miedo al trabajo, ni al esfuerzo.
Analizando con mis alumnos un texto de R. Spaemann, se arrojaba algo de luz sobre la “tolerancia” como elemento constitutivo de la moral en la que vivimos.
En nuestra situación actual, se exalta la tolerancia y, simultáneamente se sostiene el relativismo moral. Esto, a mi juicio, es contradictorio.
1. El relativismo moral, en definitiva, tiene dos versiones: ha de seguirse la moral dominante (lo cual es imposible porque ésta no existe y si existe por qué he de seguirla si es relativa, y si he de seguirla ya no es relativa…); o he de vivir siguiendo mis preferencias o gustos personales-individuales (lo cual es imposible puesto que en un contexto social siempre he de armonazar mis gustos con los de los demás y eso exige que venza, o el más fuerte o el más razonable) luego no es posible, propiamente, el relativismo moral.
2. Si el relativismo no es sostenible racionalmente, quiere decir que existen, más allá de circunstancias individuales o contextos culturales, ciertos bienes y ciertos males, que todos, en toda circunstancia, consideramos como buenos o malos. Por otro lado esto es una cuestión excesivamente obvia: las coincidencias en la valoración moral entre las culturas es elevadísima, y la divergencia, existe, pero es menor. La lealtad es juzgada siempre como mejor que la traición. La conducta de Ghandi, el padre Kolbe o la madre Teresa es indiscutiblemente juzgada como buena. El asesinato del inocente a traición es juzgado como malo.
3. La toleracia tiene sentido sólo si queda excluida la intolerancia. Luego en todo contexto de tolerancia se señalan conductas que son malas bajo cualquier punto de vista y otras que han de ser promovidas o bienes que han de ser preservados. En cuanto a los bienes, se preseva además que los individuos cultiven aquellos que puedan considerarse neutros por los otros. Así, rezar es para unos bueno y para otros indiferente: luego se tolera. La violencia sobre la mujer es considerada por unos buena o indiferente por algunos pero intolerable por contravenir derechos fundamentales.
Es decir, sólo en contextos en los que se preservan bienes “no relativos” y se rechazan males “no relativos” puede existir la tolerancia.
Obviamente esto es sólo un apunte… pero por algún sitio hay que empezar.
Transcribo unas palabras de un alumno, sin duda “incisivas”, al hilo de un comentario de uno de los capítulos de Quién es el hombre de Leonardo Polo.
Polo, después de hablar del hombre como un ser abierto y de crecimiento irrestricto, afirma que “El hombre es ético en la medida en que es fuerte. La fortaleza no es fuerza física, sino aguantar la adversidad y ser flexible, es decir, encontrar la alternativa. De esta manera la coherencia social empieza a mostrarse posible”. Y esto me ha hecho volver de nuevo a esa cuestión que nos planteó Consuelo sobre el feminismo o no feminismo del libro de Polo. Ya en otro comentario explicaba mi sospecha de que la transmisión de las creencias y valores sociales ha sido una tarea esencialmente femenina (de madre a hijos). Ahora me planteo algo que quizá sea exagerado, tal vez provocativo, pero que me parece verdadero. La cita de Polo, que repito, “El hombre es ético en la medida en que es fuerte. La fortaleza no es fuerza física, sino aguantar la adversidad y ser flexible, es decir, encontrar la alternativa. De esta manera la coherencia social empieza a mostrarse posible”, ¿no responde a cualidades profundamente femeninas? Fortaleza, resistencia frente a la adversidad, flexibilidad para encontrar la alternativa… ¿Es la mujer una criatura especialmente ética, tal vez por encima del varón? ¿No será la mujer la pieza clave en la cohesión social?
A lo que he contestado:
Rof Carballo te diría que sí, también Neumann o Jung, pero sólo en parte. La fuente primigenia de valoración y seguridad es la madre (el regazo materno es la seguridad por excelencia). Ahora bien, la conciencia de alteridad y la iniciación en los juegos en los que hay victoria-derrota, riesgo y reto, es propio del padre. La actuación ética es la armonización de las dos dimensiones. En ese sentido la estructuración ética de la sociedad depende de la aportación específica de lo materno y lo paterno. Una sociedad en la que uno u otro factor falten, es una sociedad deficitaria. Aventuro que una sociedad sin madre está abocada a la angustia, mientras que una sociedad sin padre padece el aburrimiento y el tedio (uso aquí la interpretación de Polo en “Ayudar a crecer” cap. II y IV).
Dejo aquí, para quien quiera pensar algo más, las reflexiones de mis magníficos alumnos.
Cada día -porque es cada día e incluso varias veces al día- me sorprendo cuando oigo hablar de la “crisis de confianza” en la que ha entrado nuestro sistema financiero. Es el segundo nivel tras la vulgar “crisis económica”, o su profundización o algo así. Cada día -e incluso varias veces al día- al repetir la noticia, el hecho, la losa con la que vivimos en la cabeza, se aventuran soluciones, parches en otros casos, e incluso operaciones quirúrgicas de alcance para la estructura. Sin embargo, las enfermedades tienen, no sólo sintomatología, sino también -y es lo más interesante- etiología.
No soy economista, tampoco médico, pero quisiera profundizar un poco en el hecho que todos subrayan y poner de manifiesto alguno de sus implícitos, en orden a aparender un poco.
Una sociedad es una organización suficientemente estable de familias; es decir, las relaciones extra-familiares originan y son el principio de toda relación social. La endogamia no es “saludable” ni biológica ni económicamente. La necesidad de intercambios es la causa próxima de las relaciones sociales estables. Ahora bien, las relaciones de intercambio son llevadas a cabo, en un primer momento con el formato de “trueque”; más tarde, en orden a la comodidad, se realizan mediando un “símbolo”: el dinero. En efecto, el dinero es un “símbolo” que significa “soy intercambiable por cualquier cosa”. Alguien puede tener dos kilos de tomates o un billete que pueda ser cambiado por esa cantidad de tomates. En realidad, con el dinero puede tener tomates o cualquier cosa cuyo valor esa semejante.
Es un obra mestra el dinero: todo es tasado -medido- respecto a un valor común -antiguamente el oro-, y ese “metro común” fue representado por dinero. Ese dinero vale lo que el metro común, susceptible de cualquier tipo de cambio. Es sorprendente: toda la realidad puede ser medida por el mismo metro: una casa, un coche, una matrícula en la universidad, unos limones, un viaje, la previsión de gasto de una operación quirúrgica -eso es un seguro médico-….
En realidad, el uso del dinero en lugar del oro implica un acto de confianza en los bancos, que son los que “emiten” papelitos que “valen por” la cantidad de oro que es el verdadero “metro” del valor de las cosas. Quien usa dinero en lugar de oro, confía en que el banco daría ese oro a quien él entrega el papelito. El banco no se va a ir de juerga con mi oro. Es evidente que las cosas se han complicado muchísimo, de modo que esta narración tiene carácter casi de “cuento de niños”, aunque no es carente de sentido y de verdad.
La otra dimensión del intercambio es el matrimonio: la salud biológica en las relaciones de procreación que exige la unión extra-familiar -no endogámica-. Si sólida ha de ser la confianza en el valor del dinero, cuánto mayor en el valor del compromiso matrimonial. Libertad de mercado y matrimonio son las dos realidades que vertebran toda sociedad: lo demás es importante pero colateral.
No hablaré ahora del matrimonio, sino sólo de la base de toda relación: la confianza. Se exige, para que el sistema funcione, que nosotros -personas- nos fiemos de los bancos, que los bancos -personas que dirigen las entidades- se fien de los bancos, que los estados -personas que dirigen los estados- se fíen de los estados…. si alguien da duros a cuatro pesetas…. o te fías. Si alguien promete y no cumple… no te fías. La consistencia social, la solidez del nexo entre las personas que es el fundamento de la sociedad civil, es una virtud: la justicia: a cada uno lo suyo; y como condición la veracidad: al pan pan y el vino vino.
Por este motivo, ante los problemas tan graves como el que tenemos encima, es conveniente mostrar, aunque sólo sea torpemente, algo de su etiología: alguien dijo que tenía dinero o cosas que valían dinero…. y no las tenía. Alguien prestó algo… y no lo tenía, prestó un símbolo vacío. Alguien habla de “arrimar el hombro mientras se sube el sueldo, mientras despilfarra”. Alguien dijo… y no era verdad. ¡¡Qué graves son las mentiras de los políticos!! ¡¡Qué graves los amiguismos, los tráficos de influencia!!! ¡¡¡Qué graves!!!
De todo esto deduzco un par de cosas: la crisis de confianza se cura con veracidad. La veracidad tiene como correlato fáctico la justicia. Al margen de estos dos ejes, todo lo demás son deseos vanos, como las hipotecas basura: papelitos que dicen que valen mucho… y no valen nada. Sólo la integridad moral es capaz de generar confianza. Por eso, en los momentos de decadencia se necesitan algo más que palabras: se necesitan personas capaces de vivir, decir, hacer, decidir… con verdad. Eso que suele llamarse “integridad”. Es decir, el liderazgo que las crisis necesitan no es el “carismático”, sino el “moral”.
Por ese motivo, comprendo que los programas electorales sólo son válidos si son respaldados por personas íntegras. Por eso, la categoría moral -en su vida privada y en su manifestación pública- conviene que sea íntegra. Por eso, si alguien no es capaz de ser fiel a su mujer… ¿cómo será fiel al estado?
En fin, no me extiendo más: estas crisis de confianza son crisis morales, no crisis técnicas: la confianza es una expresión de carácter moral… y es eso lo que está en crisis.