Otra vez: una bomba; en esta ocasión en el Campo de las Naciones, en Madrid.
En este sitio no suelo hacer anotaciones de carácter periodístico, referidas a acontecimientos del día a día, pero en este caso no he podido evitarlo. Sencillamente no hay razón alguna que justifique el terrorismo. Sólo los que carecen de racionalidad, en un ámbito de racionalidad, han de acudir a la fuerza.
El declinar de la razón tiene lugar en dos contextos: el relativista y el sentimental-romántico.
El que afirma que no hay verdad alguna, que todo depende del contexto y el consenso.
El que afirma que sus “sentimientos” son lo último a lo que puede apelarse, sean éstos sentimientos patrios o ideológicos.
Es evidente que sólo algunos consideran que aún puede hablarse -por más que se hable de diálogo por esos mismos-.
Se habla si ambas partes tienen la profunda convicción de poder llegar a un lugar de entendimiento en el que no prime la ley del más fuerte -típico del relativismo- ni tampoco posea como último lugar de referencia sus propios sentimientos, esos que no pueden argumentarse porque los otros “no pueden comprenderlo”. Sólo si podemos referirnos a una verdad sobre el hombre y una justicia accesible a la razón es posible dialogar. Sólo si hay referentes “absolutos”, no dependientes de la voluntad de ninguna de las partes, es posible el diálogo. No cambiamos nuestros argumentos más que si encontramos otros, no modificamos nuestra valoración de las cosas más que cuando sabemos que hay Verdad más allá de Mi verdad, y cuando la primera me interesa más que la segunda. Dialogar no es “exponerse a ser vencido”, sino buscar una verdad mejor, una solución más justa.
Y… esto no es utópico, es sólo distinto al contexto moral en el que viven muchos y en el que vive la política imperante.









