Sigo con ese asunto “el vivir”, ahora mirado desde un prisma particular y muy necesario: el orden. En efecto, vivir es ser y obrar, no sólo ser. Ahora bien, el obrar procede del ser de tal o cual modo. Obrar es algo reglado, ordenado, nunca arbitrario. Lo específico del ser vivo es ser de tal modo que se sea capaz de automoción, es decir, que el orden que poseen las partes -partes diversas, heterogéneas pero relacionadas de modo orgánico- hace al sujeto vivo capaz de nuevos órdenes, nuevas disposiciones.
Esta brevísima explicación, vista causalmente, significa que la causa formal es condición para la causa eficiente y que la eficiencia posee fin, prefigurado ya en la forma. Pero no seguiré por esos derroteros.
Esto viene al caso por un hecho habitual y no or eso menos sorprendente: el horror al orden, a la puntualidad, al cuidado en la disposición espacial y temporal. ¿No ven que es contrario al vivir?
No significa vivir aburrimiento, sino novedad; pero la novedad más alta no es la irracional, sino la que puede prefigurarse intelectualmente, la razonable… si me apuran… la verbalizable. A la persona VIVAZ se la quiere más cuando se la puede acompañar y por tanto cuando su vivir no es un puro sobresalto, sino que indica cuál será el siguiente movimiento por ser armónico con el anterior; es más, cuando sus movimientos se dirigen a fines altos, de suerte que hay muchos fines parciales orgánicos unos respecto a otros.
En definitiva, la persona “espasmódica” en su vivir… vive poco y su vivir se asemeja a la existencia inorgánica, en la que los factores externos determinan sus movimientos; por ese motivo no es exigible una lógica interna a los cambios que otros causan.
De ahí el “amor metafísico” que le tengo a la vida ordinaria: es una gran vida, la mejor vida.









