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La vida y el orden

Sigo con ese asunto “el vivir”, ahora mirado desde un prisma particular y muy necesario: el orden. En efecto, vivir es ser y obrar, no sólo ser. Ahora bien, el obrar procede del ser de tal o cual modo. Obrar es algo reglado, ordenado, nunca arbitrario. Lo específico del ser vivo es ser de tal modo que se sea capaz de automoción, es decir, que el orden que poseen las partes -partes diversas, heterogéneas pero relacionadas de modo orgánico- hace al sujeto vivo capaz de nuevos órdenes, nuevas disposiciones.

Esta brevísima explicación, vista causalmente, significa que la causa formal es condición para la causa eficiente y que la eficiencia posee fin, prefigurado ya en la forma. Pero no seguiré por esos derroteros.

Esto viene al caso por un hecho habitual y no or eso menos sorprendente: el horror al orden, a la puntualidad, al cuidado en la disposición espacial y temporal. ¿No ven que es contrario al vivir?

No significa vivir aburrimiento, sino novedad; pero la novedad más alta no es la irracional, sino la que puede prefigurarse intelectualmente, la razonable… si me apuran… la verbalizable. A la persona VIVAZ se la quiere más cuando se la puede acompañar y por tanto cuando su vivir no es un puro sobresalto, sino que indica cuál será el siguiente movimiento por ser armónico con el anterior; es más, cuando sus movimientos se dirigen a fines altos, de suerte que hay muchos fines parciales orgánicos unos respecto a otros.

En definitiva, la persona “espasmódica” en su vivir… vive poco y su vivir se asemeja a la existencia inorgánica, en la que los factores externos determinan sus movimientos; por ese motivo no es exigible una lógica interna a los cambios que otros causan.

De ahí el “amor metafísico” que le tengo a la vida ordinaria: es una gran vida, la mejor vida.

¿Qué es un “ser vivo”?

“Para el viviente, ser es vivir”, en palabras del Estagirita.

Tendríamos que discurrir desde los más evidente a lo menos evidente. Así las cosas, podemos decir qué sea el ser vivo señalando qué rasgos tiene respecto a su opuesto, el ser inerte. Visto así, desde el ser inerte, el vivo posee unas características que, por referirse a su modo de ser, y no a acciones -operaciones- concretas, han de llamarse características metafísicas.

Las características metafísicas del ser vivo por antonomasia son: la automoción, la inmanencia y la heterogenedidad-organicidad. Es decir, los seres vivos se mueven por sí mismos; su obrar no es una actividad puramente transeúnte, sino que deja huella en el ser vivo, y su cuerpo es especial: está formado por partes diversas pero en perfecta relación, no se trata de partes iguales yuxtapuestas.

La pregunta que surge de inmediato es: cómo es posible que un ente posea tales características. Es decir, qué principios lo constituyen; qué principios, de los que depende el ser y el modo de ser, tiene. Y recordemos que un “principio con depedencia en el ser” es una “causa“. Pues bien, hacerse cargo de qué sea un ser vivo es ver sus características metafísicas y ser capaz de dar una explicación causal de ese modo de ser.

El ser vivo posee

“partes fuera de partes” -materia

“principio ordenador”-forma

“principio de operaciones”-eficiencia

“sentido de las operaciones”-fin

Baste por ahora este brevísima explicación. Hacerse cargo de qué signifique cada una de estas causas -tetracausalidad-, es harina de otro costal.