El pasado sábado tuve la suerte de asistir -y participar- en la VI Jornada del Instituto. Juan Fernándo Sellés -con una magnífica conferencia-, Juan José Padial y yo, estábamos en la mesa. Tras la exposición un tiempo para preguntas.
Lo mejor: las personas.
Lo más interesante: las personas
Lo que encierra más esperanza: las personas.
Dejo a los expertos la profundización en las cuestiones allí tratadas -que dicho sea de paso fueron también buenas, muy buenas-, y os remito al sitio en el que podáis ver la información. Como adelanto, el título: “La novedad de la antropología trascendental poliana en contraste con las antropologías del siglo XX”.
En este sitio casi todo es serio: aunque en una ocasión hablamos de la risa, no incluí chistes… Sin embargo, creo que las circunstancias invitan a hacer una excepción (no explicaré las circunstancias para no ponerme seria).
Os dejo unos vídeos (sólo 3 minutos) para reír un poco.
Está de moda una cierta “revolución didáctica”: ya está bien de clases magistrales. Sin embargo, más allá de la superficie formal, la cuestión es que la auténtica acción educativa es comunicación en su dimensión más radical: manifestación, donación, participación de dos subjetividades.
Cierto que la acción educativa en el seno de un aula es un acto comunicativo especial: parece que uno habla y el resto escucha… pero no es siempre así. De hecho creo que es completamente cierto que acaece una auténtica comunicación: “como en una conversación”. Dicen Altarejas y Naval:
“Pero si no cabe materialmente la conversación en la enseñanza, ésta puede desarrollarse como tal, al menos formalmente. La enseñanza no se realiza en una conversación, pero sí como una conversación, en cuanto que su finalidad propia no es la exposición objetiva de un saber, sino la participación subjetiva en dicho saber. Y esto no es sólo captación de unas determinadas ideas, por valiosas y verdaderas que sean, sino la reproducción de los actos intelectuales que generan dichas ideas”.
Ya conté en una ocasión cómo se vive el acontecimiento en el que la palabra propia se convierte en principio del pensar de otro, cómo ocurre que el pensar discurre “participadamente”, cómo se “siente” eso en un aula. El maestro que es presencia, gesto y palabra, sabe de la eficiacia de esa presencia, gesto y palabra.
Observación: muchos, la mayoría acompañados; serios, la mayoría en silencio; con auriculares, muchos con su propia música. Poco bullicio de despedida, la mayoría viaja, pocos dan besos.
Observación: parecen cansados y vienen de vacaciones -creo-; parece que viajan por obligación -¿ vuelven por obligación?-
Simple reflexión tras este importante fin de semana
El argumentario pro-abortista ha cambiado, me decía una amiga el otro día: ya nadie se atreve a decir que el embrión es una “parte del cuerpo de la mujer” y “con su cuerpo la mujer hace lo que quiere”.
1. Nadie puede sostener que el embrión, ni el cigoto ni el feto, es una parte del cuerpo de la mujer. Tan es así, que la mujer ha de producir determinadas sustancias para no rechazarlo como algo “extraño”. En efecto, bioquímicamente sabe que no es su propio cuerpo.
2. Nadie insiste en la cuestión del “momento” en el que el embrión comienza a ser hombre… porque lo es desde el principio y va contra toda lógica:
Considerar que pueda haber un proceso vital sin “sujeto” vivo.
Que a lo largo del proceso vital el sujeto “cambie de especie”.
Es decir, el embrión no “llegará a ser hombre”, no es un “proyecto de hombre”, sino un hombre cabal al que quedan muchas cosas por desarrollar, pero no su pertenencia a la especie humana, su ser persona humana.
Sólo queda apelar a la “libertad” de la madre…
Ahora bien,
Si los puntos 1 y 2 no pueden negarse, es decir, si el embrión es un ser independiente de la madre y se es persona humana desde el principio, apelar al tercer punto es apelar a la libertad para “matar”, toda vez que se trata de quitar la vida a un ser humano.
Cada vez veo más claro que en esta cuestión no son posibles las medias tintas; es decir, que una de las posturas inmorales más perversas que hay es la de pensar que “yo no abortaría”, “pero que cada uno haga lo que quiera”. Si “nadie niega que sea un asesinato”, dejar este tremendo hecho en manos de “cada quien” es una barbaridad.
Entre las evidencias que la clínica ha puesto de manifiesto, desde hace más de 70 años, se encuentra esta: el hombre necesita afecto para sobrevivir dignamente. En el hombre, ser engendrado, criado y educado constituyen un único proceso, una única realidad; su separación, la reducción de la paternidad y la maternidad a mera procreación no seguida de los cuidados que le son propios, es una aberración.
Cae por su propio peso que, entre el afecto materno-paterno y el resto de afectos posibles, media una diferencia notable. Cierto que ante un déficit es necesario poner algún tipo de remedio… pero será eso: un remedio. Y cómo no, el Estado es incapaz de poner afecto en la acción educativa. El Estado no es educador en modo alguno; mejor dicho, no debe serlo por ser contrario a la continuidad originaria de la acción generadora y por carecer de rostro humano -tendrá rostros delegados, pero fácilmente se convierten en mediadores del Estado… -
Pero no me detengo más en consideraciones… os dejo un vídeo en el que esa situación de “deprivación” llega a extremos insospechados. Las consecuencias son terribles y cualquiera que tenga algo de sensiblidad reaccionará: los padres deben querer. No es inmoral simplemente lo contrario, sino anti-natural. Es consustancial a la paternidad y la maternidad el cuidado, el amor diatrófico, la procura.
No creo que la Naturaleza sea una persona con intencionalidad consciente, pero no deja por eso de tener sentido, teleología interna, lógica en su discurrir. Obviamente es necesario preguntarse por el origen de esa racionalidad que supera la inventiva humana, pero no es eso lo que quería tratar en este post.
Leyendo un texto de Rof Carballo me sorprendía. Ante la inminente aprobación de una bárbara ley del aborto pensaba en los niños y en las madres. La sabiduría de la naturaleza ha hecho que madre y niño formen parte de un único entramado que configura a ambos. Cuando se habla de “interrupción del embarazo” no se quiere atender a un hecho palmario: hablar de embarazo sin hablar de un niño es forzar las palabras hasta hacerlas falsas. Hemos de hablar de niño y de madre, no sólo de mujer. Una mujer embarazada es una madre. ¡¡A qué esa aversión a la maternidad!!
No sólo se habla de la maternidad -misterio insondable- sino también de otros encuentros humanos enraizados en los más somático y que se extienden a lo más sublime. Sin embargo en la maravillosa armonía madre-hijo se detuvo mi atendión. Bien, sin más preámbulos cito el texto de Rof:
“Nadie pone en duda que el «reflejo de succión» que va a permitr que la boca infantil se agarre al pezón materno o a la tetina del biberón no están registrados en el caudal genético, en las espiras de DNA, como un «reflejo congénito». Lo que sí empieza a producir extrañeza es pensar que también está en los genes preparada o anticipada, en cierto modo, la interveción materna. A nadie puede sorprende que se diga que el lenguaje humano está, en esbozo al menos, en potencia, registrado en el plasma germinal del hombre, lo mismo que lo está la estructura de la zona del lenguaje o su laringe. Pero sí sorprendería la afirmación de que con ello está anticipada en los genes, la misión del maestro o del pedagogo” (Rof Carballo, El hombre como encuentro, 48)
Si estar vivo es posee un impulso hacia el crecimiento, si vivir es crecer, ayudar a crecer será, entiendo, la acción más noble de un hombre respecto a otro hombre. En efecto, la mera yuxtaposición de existencias frustra el sentido del vivir coexistente, y éste es el único modo de existir -siendo hijos y siendo hermanos-. La coexistencia es nuestro modo de estar en el mundo, toda vez que “persona sola” es una falacia metafísica y una tristeza biográfica.
Vivir como “persona sola” es una falsedad en la que puede cada uno de nosotros instalarse, puesto que la libertad humana lleva implícito el sello del error -y del mal-. “Misterio de iniquidad” llamaba San Agustín a esta posibilidad; misterio, pero no por eso menos cierto, próximo, real, palpable. Hacer de los hombres individuos autosuficientes o individuos pendientes en su existencia de la colectividad abstracta, del Estado todopoderoso es una de las acción más perversas que el poder político puede realizar. La separación del hombre respecto a otro hombre a quien habría de reconocer como hijo y como hermano.
Dos son los modos de conducir hacia ese abismo al hombre: el secularismo y el laicismo. No son términos sinónimos. El primero significa la consideración “sólo terrestre”, “sólo del siglo”, “sólo material” de la existencia y la felicidad. La manifestación inmediata de ese vivir es el hedonismo y el materialismo. Es decir, la clausura del hombre en sí como sujeto de placer y en sí como sujeto del poseer material. Otra cosa es el laicimo. Allí la existencia del hombre quiere hacerse depender de sí misma por lo que percibe como amenzada toda realidad trascendente o significativa de trascendencia, de estabilidad racional no sujeta al propio arbitrio. Dios es el enemigo para el laicismo.
Cada hombre, para ser libre -dicen- ha de ser autónomo, también autosuficiente; y puesto que eso sólo es posible con ayuda, es el nuevo dios quien satisface esa necesidad, no el hombre-hijo, el hombre-hermano. Hijo y hermano son términos radicalmente relativos a la Paternidad. El hombre es ahora “hombre emancipado”. Es el dios-estado quien hace del hombre “hombre emancipado” y por lo mismo “hombre solitario”, ufano de su autonomía, de su falaz autonomía. El hombre está sólo frente a otro hombre, puesto que ya no poseen el mismo marco existencial -éste es ahora autónomo-, de origen y coexistencia. Ya no pueden hablar del origen y la coexistencia porque son realidades “autónomas”. El hombre se siente todopoderoso, cuando en realidad sólo algunos lo son: los que construyen la sociedad solitaria. Ya no hay cosmos, ya no hay orden, ya no hay un espacio del que nadie es dueño y en el que todos viven; un espacio y un orden al que todos puedan referirse como superior a todos y liberador de la tiranía de todos.
Si el secularismo sobrevive por somnolencia de los impulsos más nobles del hombre, ahogados por la tenencia y el disfrute presente -sólo presente-; el laicismo deviene por la beligerancia común a toda realidad que amenace su hegemonía. El orgullo laicista es vivido en la guerra, no en la paz. Los autónomos individuos convivientes tienen en común al “enemigo”; es esto lo que les hace no devorarse -porque la autonomía propia choca con la autonomía ajena, porque la convivencia laicista es falaz en sí misma y el respeto mutuo es sostenido a duras penas: ya no son hijos, no son hermanos, no hay autoridad paterna ni realidad externa a la que todos refieran el contenido de sus palabras-. Sin Padre, sin cosmos, cada individuo “siente” omnipotencia cuando otro le “construye”, cuando otro -el Estado- fabrica arbitrariamente la realidad social e individual. La acción constructora del Estado recuerda a cada hombre autónomo la onmipotencia del hombre poderoso -creyendo que es la propia-. El orgullo y el odio: esos son los conectivos de la sociedad laicista. No podemos hablar de ética -que de suyo no puede ser autónoma y compartida simultáneamente-. No podemos hablar de verdad -que de suyo no puede ser autónoma y compartida simultáneamente-. Ya no podemos hablar, sólo “sentir” orgullo y odio existiendo en coexistencia falaz.