No suele ser fácil -dicen- establecer conversaciones, no sólo “discursos”, en el aula; si bien es cierto que la conversación ocurre en muchos casos con los ojos. Hoy ha ocurrido.
Lo humano es simpre sorprendente. Hay un punto en el que la filosofía, allá en el siglo VII a.C. se asombró:
hay algo que no es efímero, algo que no es sólo pasar, que supera la desgarradora fluidez de la materia. Lo conocido permanece ante el cognoscente. Es la detención de la presencia. La realidad extramental “puede” ser tenida en el intelecto y si lo es, el intelecto “está teniendo”, sin fluir, lo conocido. Algo supera el tiempo, algo es intemporal, algo es inmortal.
Lo sorprendente permite seguir pensando al hombre: hay algo en el hombre que no es corroído, que no “puede” ser corroído. El pensar es la patencia de esa realidad.
Pero mientras se piensa, mientras la palabra lleva al intelecto a sus más altos lugares -esos en los que no hay fluír- el espíritu humano habita, en ese momento, en su patria natural.
Una clase en la que la palabra aúna la inteligencia de unos y otros; en la que los ojos; la preguntas breves, incisivas; los comentarios adelantan el mostrar, el camino que está siendo iluminado… cuando eso ocurre el espíritu humano se sabe, se siente más allá de lo blando y escurridizo.
Una chispa de inmortalidad se experimentó. Era el único modo de saber, de conocer, que los griegos supieron, vieron, la superación del tiempo en el noble nous.
Buena película, muy buena. Obliga a realizar muchísmos comentarios. Puesto que acabo de verla y no he podido dedicar el mínimo tiempo prudencial, señalaré sólo una cuestión que me ha parecido tremendamente interesante.
Tres acciones simultáneas diseñan toda la película. Una de ellas es una entrevista entre un profesor de política y un alumno de, posiblemente, último año de Bachillerato. El profesor, puesto que el alumno ha mostrado no sólo interés por la realidad social, política y económica, sino también dotes intelectuales y “talento”, busca despertar en él toda la coherencia vital que en el aula parece comprender; especialmente porque le ha visto retroceder y dejar de ir a clase de modo, en principio, inexplicable.
La cuestión se plantea cuando, ante la evidencia de que las cosas no andan bien y que si uno se deja la vida intentando cambiarlo, es posible que “al final, todo sea igual” y por tanto ¿de qué habría servido tanto sacrificio?”. La pregunta es buena; es adecuada y real, señal cierta de… En fin, ahora la respuesta: “al menos habrías hecho algo…” Y lo dice el profesor en voz baja, algo resignado….
Seamos serios: ¿es que sólo se toman decisiones en la vida atendiendo a los resultados? ¿Es que la acción queda justificada o reclamada solo por los resultados? ¡Dios mío, qué pragmatismo! ¿Es que la acción en sí misma no puede ser adecuada, valiosa de modo que no requiere justificación más que en sí misma? ¿Es que es mejor no salvar a un niño si, al final, van a morir? ¿Es que, para qué invertir en desarrollo en países que, al final, van a quedar igual, porque hay corrupción? ¿Es que, para qué trabajar tanto si, al final, casi todo se lo llevan los impuestos?
También podemos verlo de otro modo: ¿qué más da si me cojo unas botellas del supermercado, si, al final todo va a quedar igual? El dueño ni se entera, los beneficios serán los mismos…. ¿para qué tanto esfuerzo si, al final, todo va a ser igual?
Dos cuestiones que han de ser pensadas: el consecuencialismo ético y, en general, las versiones pragmatistas.
Dos observaciones personales: me da miedo que la motivación “consecuencialista” paralice a tantos… me da miedo que la motivación “consecuencialista” justifique tantos horrores, porque, al final, será lo mismo o será “eso” que busco y que… ¿es bueno?