Sobre la superioridad del amar y el matrimonio

Hace unos meses escribí dos post sobre “los modos de querer”. En el primero explicaba qué significa que querer sea “desear” y “decidir”; en el segundo hablamos de “dominar”, “crear” y “amar”. Cada uno de esos modos de querer convienen a la relación interpersonal. Sin embargo, el “amor” lo hace especialmente puesto que no se refiere al yo, sino al tú de modo preeminente.

En el deseo es posible quedar prendado del objeto de deseo en cuanto puede ser poseído por mi, de suerte que puede ser tenido al otro como medio. La decisión mira al propio yo puesto que éste se implica. El dominio hace también referencia al que quiere más que a lo querido, al igual que la creación. Sin embargo, en el AMAR todo es afirmación del otro.

Entre todos los amores hay uno que se refiere a la totalidad del otro y lo hace con la totalidad del propio ser. Cuando decimos totalidad nos referimos al espacio y al tiempo, a toda la existencia. Totalidad y exclusividad con capacidad inherente de crecimiento en el ámbito más profundo: la persona. Es decir, totalidad y exclusividad en la afirmación del otro y de mi propia existencia en esa afirmación, de suerte que ambos podamos seguir creciendo del modo más alto posible: el amor a una persona nueva, el hijo.

Bien, así las cosas, parece que, entre los modos de querer el “amor” es el más alto y, entre los amores, el conyugal es, a su vez, el más alto -si no hacemos referencia a la relación interpersonal posible entre el Creador y la criatura, en la que también es posible totalidad y exclusividad-.

Ser persona, ser hijo

Por más que he intentado darle vueltas en clase, creo que no he conseguido trasmitir lo que tengo en la cabeza. Obviamente no es una idea mía; mi maestro Leonardo Polo lo ha expresado de modo magistral en más de un lugar: en “Quien es el hombre” y en un capítulo de un libro. El texto se titula “El hombre como hijo”. Ambos están en la red, por lo que los dejo linkados.

El núcleo, tal y como lo tengo en la cabeza dice algo así:

Ser persona es ser puesto en la existencia como ser libre.

Poner un acto de ser libre es crear una novedad radical, un ser único.

Obviamente los padres no pueden ser los responsables de semejante realidad.

Esto puede atisbarse si se cae en la cuenta de que los padres no son “dueños” del hijo; es decir, lo que el hijo ES no es causado por los padres de modo que éstos puedan decir que son su origen completo y radical.

Negar la anterior afirmación contradice el conocimiento ordinario y el sentir ético: todos entendemos que la esclavitud contradice la dignidad humana y la posesión de una persona por parte de otra -por más que sean sus padres- sería una forma de esclavitud.

Los padres traen al mundo algo que les excede: una novedad radical libre.

Ahora bien, sólo un origen de poder proporcional puede ser principio de un acto de ser libre.

El Origen, el Creador del acto de ser libre ha de ser a su vez libre, aunque con una intensidad difícilmente concebible por el hombre.

La palabra que designa una relación en la que el Origen y lo originado son libres, por tanto con una relación de dependencia peculiar del originado respecto al origen, se denomina FILIACIÓN.

El hombre es radicalmente hijo: persona libre, única, nueva.

Sólo un Origen libre, absolutamente libre, de poder infinito es capaz de ser origen de una novedad radical y libre.

Es evidente, por tanto, que el ser personal es trascendentalmente familiar. El hombre autónomo, el hombre desligado no es comprensible como persona.

Es evidente también que la libertad total del Origen -Dios se suele llamar- crea libremente un ser libre, no se puede tratar de un acto necesario.

La afirmación radical, la expresión “es bueno que existas” -eso es el acto creador- no es un acto de indiferencia, sino todo lo contrario: somo originariamente “queridos”.

Existimos porque Alguien dijo “es bueno que existas”.

Nadie, absolutamente nadie, puede decir tal cosa de modo que SE REALICE la existencia, sino Dios.

Este discurso no es teológico, sino antropológico, toda vez que la libertad human puede ser investigada racionalmente y que es ésta la que reclama el argumento precedente.

La libertad desde “los modos de querer” (2)

Quedan aún tres modos de querer por exponer. Me referiré brevemente a cada uno de ellos para concluír con lo que más me ha sorprendido.

3. Querer es dominar.

Hablábamos del horizonte ante el que se encuentra todo hombre y frente al que decide. Pues bien, el horizone es básicamente el futuro y el contenido de la decisión se da distendido en el tiempo. Dominar es un querer mantenido en el tiempo: es un querer esforzado. Es el correlato superior del apetito irascible. Así como el deseo es un correlato del apetito concupiscible.

Tal vez sea la operación de la voluntad más volorada. En efecto, se dice en ocasiones que tener voluntad es tener “fuerza de voluntad”. Pues bien, es importante pero no lo es todo. Más adelante haré la crítica correspondiente. Sin embargo, el carácter “proyectivo” de la vida -proyecto, biografía- exige esta dimensión del obrar de la voluntad.

4. Querer es crear.

Crear es un querer lo que aún no existe. El pintor quiere el cuadro que aún no existe, lo quiere y existe. La fuerza de la inteligencia y de la imaginación han de ser grandes, obviamente, para orientar la propia decisión hacia lo que sólo posee entidad ideal: entiéndase ideal en toda su amplitud. En efecto, la magnitud de los ideales es la medida de la capacidad creativa, de la capacidad de querer lo que no existe… y hacer que exista.

Crear es un modo de querer arriesgado. El dominio puede calcular la rentabilidad de los esfuerzos en orden al fin que persigue… el que crea, puesto que está queriendo lo que aún no existe, corre riesgos, se juega la vida… El que domina no se juega la vida: la invierte y sabe dónde y cuánta es la rentabilidad fija y variable.

5. Querer es amar.

Amar es el querer es afirma la bondad de la existencia del amado. Es la afirmación absoluta de su ser, el reposo en su contemplación. Pieper lo expresaba qué sea amar con las siguientes palabras: “el que ama afirma ‘es bueno que existas’ ”

El amor es debido a la persona -no a las cosas-. Su existencia, por ser novedad radical, es buena, exige afirmación completa, no condicionada. Amar no tiene recompensa útil. El amar no es un medio en orden a otra cosa. Eso sí, sólo al amar le acompaña el gozo. Pero si se ama para el gozo, no se ama, se utiliza al amado como cosa… y ya no se goza.

la libertad y la falacia de la autonomía

Solitario y AbatidoUna de las afirmaciones que llevo tiempo sosteniendo y que, por ahora, no consigo ver de otro modo es la siguiente:

LA LIBERTAD NO ES AUTONOMÍA
LA LIBERTAD ES VINCULACIÓN, DEPENDENCIA

Para hacer más clara la verdad que incluye dicha sentencia, argumentaré los presupuestos conceptuales.

1. Entiendo que la libertad sólo puede entenderse en orden a la felicidad.

2. La libertad al margen del tiempo -en nuestro caso- y al margen de la decisión pierde toda comprensibilidad.

3. La libertad sólo parece real en cuanto puede “ejercerse” y todo “ejercicio” de la libertad es tal si posee intención, orientación, fin.

4. Parece por tanto que el fin, intención u orientación de todo ejercicio de la libertad es relevante humanamente en cuanto dice referencia a la felicidad: obviar esto es separar lo inseparable, es decir, realizar un acto gratuito de división que lleva a la pérdida de la sustancia inteligible de la libertad.

5. La felicidad no parece que pueda oponerse a la libertad. Felicidad y esclavitud no son buenas compañeras, como tampoco lo son libertad e infelicidad.

6. Por tanto, el núcleo de la libertad no puede ser contrario al núcleo de la felicidad, antes bien, deben ser correlativos, toda vez que existen una en orden a lo otro.

7. Ahora bien, la felicidad es incomprensible en soledad. Entiendo por soledad la carencia de vínculo real, consistente, con otra persona o personas. Allí donde vive la soledad vive la infelicidad.

8. Es más, parece que la felicidad es la “ligazón” por antonomasia: el amor parece ser el corazón mismo de la felicidad.

9. Por tanto, la libertad es tal -es decir, no es esclava- si su ejercicio es en orden a la felicidad, es decir, en orden al amor, en orden a la “ligazón” radical humana: el amor a otro.

10. El amor a sí mismo, la “auto-religación” es la soledad radical, la cerrazón que nadie puede, realmente, desear. Todo el que se hace a sí mismo “el Absoluto” parece condenado a la infelicidad: la indiferencia hacia los demás y de los demás hacia uno mismo.

11. La autonomía como significado propio de la libertad es la afirmación de que la libertad tiene como núcleo el sostenimiento del propio ser en orden al propio ser, es decir, la desvinculación.

12. La desvinculación, la autonomía, puede ser tenida como algo positivo sólo si la re-ligación, la vinculación con otros -ellos mismos- son reconocidos como amenaza de la propia felicidad-libertad.

13. La libertad que se desea autónoma y teme la vinculación es una libertad solitaria.

14. Ante la angustia que genera la libertad autónoma en su principio y en su fin, el hombre tiende a declinar parte de su libertad, a contradecirla y violentarla para tener algo de compañía y apagar así la tristeza de la soledad.

15. Se ve en este punto que la libertad y la felicidad -al menos la sustancia misma de ella- se muestran como contrarias: no pueden, de hecho, darse a la vez.

16. En tal caso:

SI LA LIBERTAD ES AUTONOMÍA

LA FELICIDAD ES SOLEDAD

ahora bien

SI LA FELICIDAD ES AMAR

LA LIBERTAD ES VINCULACIÓN-DEPENDENCIA

¿Alguien hay más dependiente que una madre respecto a su hijo? ¿Alguien más que un esposo respecto a su esposa? Y sin embargo la sustancia de su libertad está en la consumación de su re-ligación, la vivencia de su mutua dependencia.