Según dice el subtítulo de este blog, aquí se recogen breves pensamientos sobre las intensísimas sensaciones de cada día. Por este motivo, es común que los temas que surgen procedan directamente del aula, de las personas con la que hablo.
Así, a la palabra puedo y debo llamarla “don”.
Hace unas semanas escribí brevemente sobre “el autodidacta”. En el fondo, la misma contradicción interna que posee la “autonomía” con fin del vivir humano (como elemento sustantivo de la felicidad), esa misma contradicción, repito, la percibo en la creencia de que el mejor de los puntos de partida y modos de avance sea el propio del “autodidacta”. Insisto, no es que me parezca que no ocurre en la mayoría de los casos, sino que considero falso, contradictorio, imposible en sentido fuerte.
» Afirmo que lo más alto está en el pensar.
» Entiendo que la apertura y donación del pensar es superior al mero pensar.
» La donación del pensar, el querer, es don en la palabra.
» Lo recibido en la palabra no es la mera palabra, sino el pensar que en ella habita.
Y esto me trae a la memoria unas frases que a algunos parecerán evidentes, a otros oscuras. Son latinas, claro:
“Communio personarum”…
“et Verbum caro….”
“sed tantum dic verbum… “
Siento que esta pregunta parezca inapropiada, puesto que está de moda, queda bien, es signo de “no se sabe qué” decir que alguien -que uno mismo, seamos serios- es autodidacta. El caso es que, dicho en términos simplones, “el autodidacta es discípulo de un idiota”.
Esta pregunta viene a mi cabeza después de varias conversaciones con Simdalom y otras tantas con mis alumno de filosofía de la educación. En efecto, en la red parece que el “maestro”, el referente de autoridad, queda difuminado ante el horizonte lleno de infinitas posibilidades: nada predetermina, la sensación de libertad parece elevarse a extremos nunca imaginados; nadie percibe, realmente, límites lógicos -sólo lingüísticos y de tiempo…. que no es poco-. Las comunidades virtuales permiten conectar con cualquiera, hablar de cualquier cosa, colgar cualquier cosa… y si algo no se puede hacer, en realidad se piensa que “aún” no se puede hacer. En definitiva: la infinitud del mundo virtual obliga a la consideración del sujeto como principio autónomo de su propio aprendizaje.
Por otro lado, en la filosofía de la educación se ha dado, con la modernidad que está bajo el planteamiento anterior, el orgullo y el prurito que lleva a sostener ese sentido autodidácta: Robinson Crusoe como ideal, el hombre natural, el Emilio de Rouseau. Pero, seamos serios:
1. Todo aprendizaje humano -no animal, no infrahumano, no salvaje, no niño-lobo, que merece un tratamiento bien diferenciado- está mediado por el lenguaje.
2. Todo signo lingüístico procede de un entorno interpersonal. Alguien me enseñó el lenguaje, alguien me sonrió -lenguaje gestual- para indicarme el camino a seguir, alguien me dió la simple indicación de “ahora tomad las regletas y poneros a ver cómo funcionan… luego hablamos sobre ello”.
3. Si el autodidacta es posible, en cierta medida, éste será siempre una vez alcanzada una determinada edad: cuando ya haya recibido una inmensidad de tesoros. Solo entonces podrá, por ejemplo, ponerse a bucear en una biblioteca, montarse su propio laboratorio, manipular una máquina, descuartizar un ordenador….
4. Ninguna de esas realidades es ajena a otros, que me lo dieron, me lo ofrecieron, fueron para mi autoridad, maestros: me fío de quien hizo el ascensor, me fío del señor del autobús y del bibliotecario; me fío -son para mi maestros- los comentarios de la contraportada de un libro -alguien los escribió para mi…-.
5. El caso de los libros es el más significativo: alguien los escribió. Se trata de una clase magistral en la que la distancia temporal o espacial queda superada por el significado de los grafismos -por lo inmaterial que habita en ellos-.
Pero… y aquí viene lo realmente sorprendete: ¿podemos ser autodidactas porque nadie nos indique qué leer? ¿lo somos porque el infinito que se abre ante nosotros es manifiestamente un infinito no mediado, realmente independiente?
Pues…. parece que no. Si algo es llamativísimo en internet es que la gente está para que la encuentren; que hay estrategias -miles- para ser encontrado y leído y erigirse en “maestro”, referente, aun en el caso del más humilde de los blogs. Todos queremos ser valorados como interlocutor válido en alguna dimensión.
Pero aún hay más: en cuanto alguien entra, encuentra a otro, ese otro le lleva a otro… son cadenas de confianza. El autodidácta pensará que los criterios que utiliza son “los de nadie”, los exclusivamente suyos. Pero seamos serios de nuevo: de alguien se fio al principio, alguien le hizo la primera sugerencia, alguien fue su maestro y desde ahí comenzó…. si no lo reconoce, simplemente estará usando un criterio establecido desde fuera…. ¿somos autodidactas? En esos casos, de vagabundeo internáutico, de explícita renuncia a la figura del maestro, lo único significa es la ignorancie del maestro y por tanto, la inmediata vulnerabilidad….
En definitiva: el autodidacta, de verdad, es más bien un investigador, una persona con afán de contribuir, es el que, agradeciendo todo lo recibido, quiere seguir encontrando. En investigador -de invenio, encontrar- es el que sabe que todo lo bueno es de otro, que él, simplemente, lo encontró gracias a la ayuda de otros: “eso” no es suyo.
En caso contrario, se convierte en alguien bastante desagradable.
PD: esta anotación necesita más argumento, más explicación. Es sólo un breve comienzo.