Quedan aún tres modos de querer por exponer. Me referiré brevemente a cada uno de ellos para concluír con lo que más me ha sorprendido.
3. Querer es dominar.
Hablábamos del horizonte ante el que se encuentra todo hombre y frente al que decide. Pues bien, el horizone es básicamente el futuro y el contenido de la decisión se da distendido en el tiempo. Dominar es un querer mantenido en el tiempo: es un querer esforzado. Es el correlato superior del apetito irascible. Así como el deseo es un correlato del apetito concupiscible.
Tal vez sea la operación de la voluntad más volorada. En efecto, se dice en ocasiones que tener voluntad es tener “fuerza de voluntad”. Pues bien, es importante pero no lo es todo. Más adelante haré la crítica correspondiente. Sin embargo, el carácter “proyectivo” de la vida -proyecto, biografía- exige esta dimensión del obrar de la voluntad.
4. Querer es crear.
Crear es un querer lo que aún no existe. El pintor quiere el cuadro que aún no existe, lo quiere y existe. La fuerza de la inteligencia y de la imaginación han de ser grandes, obviamente, para orientar la propia decisión hacia lo que sólo posee entidad ideal: entiéndase ideal en toda su amplitud. En efecto, la magnitud de los ideales es la medida de la capacidad creativa, de la capacidad de querer lo que no existe… y hacer que exista.
Crear es un modo de querer arriesgado. El dominio puede calcular la rentabilidad de los esfuerzos en orden al fin que persigue… el que crea, puesto que está queriendo lo que aún no existe, corre riesgos, se juega la vida… El que domina no se juega la vida: la invierte y sabe dónde y cuánta es la rentabilidad fija y variable.
5. Querer es amar.
Amar es el querer es afirma la bondad de la existencia del amado. Es la afirmación absoluta de su ser, el reposo en su contemplación. Pieper lo expresaba qué sea amar con las siguientes palabras: “el que ama afirma ‘es bueno que existas’ “
El amor es debido a la persona -no a las cosas-. Su existencia, por ser novedad radical, es buena, exige afirmación completa, no condicionada. Amar no tiene recompensa útil. El amar no es un medio en orden a otra cosa. Eso sí, sólo al amar le acompaña el gozo. Pero si se ama para el gozo, no se ama, se utiliza al amado como cosa… y ya no se goza.
Dice José Antonio Marina que la voluntad es la gran olvidada de la psicología contemporánea. Yo más bien diría que es la gran olvidada de la cultura contemporánea. Hacer un par de días hablaba en clase de “los modos de querer”. Aprendí mucho: no se suele caer en la cuenta de lo significa “querer”. Resumiré aquí alguna de las tesis colaterales que salieron en clase.
1. Querer es desear.
El deseo de la voluntad -verdadero acto voluntario- mantiene la distancia, la alterirdad respecto a lo querido. Por otro lado la alteridad es respetuosa con lo deseado puesto que se mantiene referid al objeto de deseo y no a la satisfacción que dicho objeto puede producirme. De este modo podemos decir que es adecuado a la dignidad de la persona quererla de este modo. Además, si este querer -el deseo- es posible es en virtud de la inagotabilidad de la persona: ésta puede mantener siempre en vilo la voluntad: siempre puedo seguir queriendo porque siempre hay más en cada persona.
Las cosas se desean, se poseen y se agotan. Las personas se desean y nunca se agotan: la alteridad que sostiene el deseo es adecuada a la realidad de lo deseado.
El deseo del apetito concupiscible tiende a volverse sobre el deleite propio y no sobre el valor de lo deseado. Al final, el deseo concupiscible aniquila lo deseado, se lo apropia y lo hace parte de sí mismo -la nutrición es el ejemplo por antonomasia… pero hay quien no sabe más que comer, sin importarle lo que come-. El deseo concupiscible se siente frustrado si no se deleita, si prevalece el objeto de deseo sobre su propio placer.
2. Querer es decidir.
Decir sí es el acto voluntario. La vida del hombre es una existencia posible: vivir es estar ante un horizonte. Ahora bien, la voluntad actúa en la decisión real, no en la posibilidad. La voluntad en ejercicio implica la pérdida de la posibilidad en orden a la realidad. Y la realidad siempre es una. No es realmente relevante el número de opciones cuanto la capacidad y de dotar de realidad a una sola de esas opciones. Decidir es realizar. En caso contrario, si la voluntad se “sintiera libre” sólo ante las opciones, no podría ejercerse como voluntad libre, puesto que en el ejercicio se afirma sólo una de ellas.
Por otro lado, si la sustancia del acto voluntario “decidir” es la afirmación de la realidad, éste puede ejercerse también ante las situaciones únicas, es decir, aquellas antes las que no hay, en realidad, opciones. La decisión puede ejercerse en toda situación puesto que la decisión por antonomasia es la dotación de sentido. Sobre toda situación puede decidirse el sentido.
De hecho, las cosas más importantes de la vida no son en absoluto objeto de elección: son propuestas que “la vida” nos realiza y ante las que hemos de decidir el sentido preciso que daremos. Esa peculiar dotación de sentido, esa decisión sobre lo no elegible se llama “aceptación”. La voluntad más libre es aquella que, en toda situación, dota de sentido aquello que la vida le presenta. Ahora bien, siempre es posible no dar sentido al presente. Huir está en la mano de cualquier voluntad.
Cosa distinta es el sentido concreto que demos a las situaciones. Ahí la persona se juega la existencia misma.